Ojalá se acabaran
Visto en Despacho sin puerta.
La realidad, mirada muy de cerca, agota
Las casas de verdad tienen las neveras llenas y la cocina humeante. El saludo en el umbral de la puerta y besos con sonrisa. Una conversación cómplice y una canción eterna de fondo. Risas, llantos, gritos, la vecina que taconea, el teléfono que molesta, el coche que se lamenta en la calle y el gato que reclama en el alféizar se mezclan en banda sonora de vida.
En ellas el sol entra por las ventanas abiertas de par en par para hacer olvidar el leve olor a tierra mojada de los días de lluvia pasados. En las casas de verdad no hace frío: están llenas de un calor especial. Hacia ellas, el camino se hace corto. Porque te abrazan como un refugio donde ninguna mirada ajena se atreve a juzgarte. Porque los ojos que te esperan dentro sólo saben decir que te quieren. O al menos, que quieren cuidarte. Calladas, atesoran proyectos, sueños, sosiego, pasión y... hasta ronquidos. Por ellas no te importa darlo todo... Porque en ellas todo lo tienes.
Pero hay otras casas en las que ninguna voz interrumpe el silencio; la salsa se pega en la sartén y la fría pantalla del ordenador es la única luz triste que inunda la estancia. Casas en las que la calefacción se siente frustrada entre tanto vacío. Huele a nada y el desorden avanza conquistando territorios seguro de que nadie lo frenará porque a nadie le importa.
En esas casas nadie contesta el teléfono. Los fantasmas que la pueblan no se atreven. Ni siquiera las ventanas osan a lucir abiertas. A ellas prefieres no llegar, porque en la calle hay mucho más que descubrir y el riesgo de derrumbe -el psicológico- te hace sentir más seguro a la intemperie. Casas cuya sola posesión te pesa como el peor error.
Yo he vidido en estos dos tipos de casas.
Y sin mudarme.
P.D.: Antes de que mi hermano me llame petarda otra vez, aclaro: es solo un análisis.
Antes, utilizaba a mi familia de modelo.
Mi abuela, era una de ellas.
La enfermedad que devora la memoria le hacía tener una expresión de niña en un rostro arado por infinitos años. Me fascinaba.
Hoy recuperé estos contactos.
No se estaba quieta:


Pero cuando posaba, sabía hacerlo. Eso sí, me hacía gastar todo el carrete hasta que yo lograba dar con la tecla. Esta salió en el negativo número 36. El último.
Siempre que oigo hablar de botox, bisturíes y eterna juventud falaz me acuerdo de su belleza auténtica.

Pasé tantas horas esperando el ascensor de mi casa antes de salir, mientras miraba escaleras abajo con mis ojos de adolescente, que cuando me marché decidí fotografiar los catorce pisos que separaban la seguridad de mi hogar de la intemperie amenazante.
Hace poco, esta foto de cámara analógica y revelado en papel en cuarto oscuro cumplió nueve años.
Antes, hace nueve años y más, sólo veía miles de escalones deseosos de que yo los bajara a prisa para 'volar'.
Ahora, con otra perspectiva, me doy cuenta de lo difícil que es regresar, subir para recuperar todo lo que me esperaba cada día en la cima de la escalera.