
Hay quien me ha preguntado alguna vez, con inocente descaro, qué droga consumo para mantener esta actividad. La virtual y la real. La física y la mental. Se preguntan qué es eso que me mantiene despierta por las madrugadas y, a la vez, cumplidora trabajadora por las mañanas. Que me sujeta las piernas a deshora en un lugar que a ‘mi deber’ no le gusta y me acuna cuando necesito soñar, que no dormir.
Y sí, ahora lo confieso: yo me drogo.
Consumo sentimientos en grandes cantidades. Nunca falta en esa cajita cerrada que pocos conocen. No soporto el síndrome de abstinencia que puede llegar a provocar su ausencia. Cuando los recupero, en soledad, en privado, mi corazón bombea con fuerza y juega con las redes neuronales de mi cerebro hasta hacerme ver cosas que no son reales, puras fantasías. Alucinaciones, más bien.
Cuando la realidad me agota y necesito evasión recurro a la matemática mágica de los pentagramas. La música, la gran droga, se cuela por todos los poros de mi piel ávida de sensaciones. Con ella me teletransporto a lugares que nunca vi, me veo en escenarios que nunca protagonicé; escucho la historia que me cuenta alguien que nunca conocí y asiento para hacerla completamente mía. Por su puesto, provoca en mí gestos epilépticos que otros llaman bailar…
Tengo varios camellos fieles (otros no tanto) que me la suministran para que yo la consuma cuando la necesite. En grandes cantidades o en pequeñas dosis… Tiene el mismo efecto. Y aunque dicen que mezclar es malo, si la revuelves con la anterior, el cóctel es explosivo.
También tonteo con las palabras. Esas sí que me ponen. En este terreno, yo solo ‘pico’ de vez en cuando. Otros grandes ‘yonkis’ de este extraño estupefaciente me tientan con su maravilloso universo para que yo caiga en él y me pierda definitivamente… Pero con las palabras que consumo, las que me regalan y las de fabricación casera propia, tengo suficiente.
Pero ninguna de las anteriores me sacia. De vez en cuando, cuando necesito más y más, me 'chuto' sin contemplaciones con una mirada, con un gesto de cariño que alojo en el recuerdo, con la adrenalina de lo desconocido y el flechazo de lo prohibido, con la risa y el llanto, el abrazo y la partida, el reto y la entrega… Y con ese olor… De personas y de casas y de calles y rincones… Con una llamada, con una ilusión, con la esperanza... Hasta con el amor.
Yo me drogo de vida, con todo lo que ello significa... Y espero pasar mucho tiempo absolutamente colocada.
Haré todo lo posible para no sufrir ese maldito síndrome de abstinencia que algún día intentó acabar conmigo.