Suena el teléfono y comienza el calvario.
El jefe: -¿Mendoza?
Yo: -Sí, respondo con frialdad.
El jefe: -Te toca esta tarde hacerlo.
Yo: -Vale, respondo sin más matices.
Cuando cuelgo me desahogo desplegando todo un diccionario de tacos que escandaliza hasta a mis plantas. Pero me pongo inmediatamente a la tarea.
No me importa hacerlo. De hecho,
me gustaría ser un ‘crack’ en la materia. Pero yo soy una persona de orden y, en este caso, el orden es: observo, me enseñan, aprendo, practico y, cuando me siento preparada, aplico. Pero he tenido que pasar de la más absoluta ignorancia a la aplicación práctica en esta materia. Y, claro está, cuando uno no cuenta con el talento natural, se nota.
En esta tesitura de ejecutar sin remedio, me siento en el ordenador para escribir cuatro párrafos con sentido mientras se descongela un plato de potaje en el microondas. Esto no me cuesta. Podría escribir cuatro folios en media hora. Normal:
darle a la tecla ha sido mi profesión durante los últimos diez años. Imprimo el resultado. El pitido de la impresora se mezcla con el del horno acelerado (el microondas). No hay tiempo: las cucharadas se mezclan con la lectura ‘entonada’ y en voz alta del folio.
Dejo el ‘manjar’. Subo las escaleras de camino al baño repitiendo en voz alta (ya de memoria) los párrafos con alguna que otra ojeada furtiva al folio. Mientras plancho la camisa, paro algún momento para
mirarme al gran espejo del dormitorio y practicar. Después de varios intentos llego a una única conclusión: ¿Cómo se habla sin gesticular? ¿De qué manera freno la cantidad de mohines que me salen?
Segura del fracaso y tras
restaurarme el semblante e intentar domar la cabellera (a la izquierda… no; a la derecha… no; para atrás… menos… uf) emprendo el viaje al destino irremediable.
Llega el
chico que tiene que inmortalizar mi hazaña. Se coloca, me coloco, me coloca y empezamos.
Primer intento: - Coño (me disculpo por el taco) Se me ha olvidado qué venía ahora.
Segundo intento: -Ay, no era proyecto, era edificio… Lo siento. ¿Se nota que tiemblo? ¿No? Imposible.
Tercer intento: -Ejem... Me he despistado por ese tío que ha pasado y me ha mirado.
Cuarto intento: -¿Esta vale no? ¿No? ¿Por qué no? Vale, repetimos.
Quinto intento: -Jodeeeeeerrrrrrrr!! Cuanto más me equivoco más nerviosa me pongo.
Sexto intento: -No te rías… Si tú te ríes yo no tiro. ¿Que me abroche la rebeca? Vale. ¿Qué salgo muy bien? Anda ya…
Séptimo intento: -Uf! Esta del tirón. Qué bien. ¿Que lo repita?? Bueno… ¿Gesticulo mucho? ¿No?
Y octava: Ya está. Ya no estoy ni nerviosa, a la próxima te juro que sale del tirón…
Y salió.Esta es una breve semblanza de mi principal limitación: ponerme delante de una cámara. Me observo a mí misma y no me entiendo. Supongo que el paciente cámara, tampoco.
En los telediarios de
TeleIdeal, los redactores del periódico hacemos un comentario (memorizado y sin desviar los ojos del objetivo) del tema del día. Dicen que los periodistas de hoy tienen que ser todoterreno. Yo quiero serlo. Pero mi miedo escénico me está jodiendo la estrategia.
No está bien publicar a los cuatro vientos los defectos propios. Es más, la
'blogocosa' suele servir para mostrar una imagen de lo que siempre quisimos ser. Cuasi perfectos, vaya. Pero
hasta que no se reconoce un problema no se soluciona. Y mi objetivo inmediato es darle una solución. Pero ya. Así que quien tenga trucos para eliminar el miedo escénico que me domina en estos casos, que los suelte aquí.
Como me llamo Mendoza que antes de que llegue el verano hago la pieza a la primera. Y bien.P.D.: Como no lo logre amenazo con agotar las reservas de Ibuprofeno de la ciudad. ¡¡¡Qué dolor de cabeza!!!