martes, 4 de noviembre de 2008

La otra carrera judicial


No era la primera vez que la veía.

Su personaje lo tenía archivado tiempo ha. Ya la había visto acurrucada en un portal tiritando. Pidiéndome tabaco en algún bar. Mostrándome los dientes que ya ha perdido mientras me ayudaba a aparcar el coche a cambio de la voluntá. Dándose de hostias más puras que duras con algún rival callejero. O corriendo apresurada hacia quiénsabedonde

Hoy la vi saliendo del juzgado de guardia.

Enfrascada en algún lío de tipo leve, había logrado deshacerse de él y salía triunfante por la puerta de entrada del edificio ante la mirada acostumbrada de los guardias civiles dedicados a ‘escanearte’.


Ataviada con un abrigo más negro y castigado que las espaldas de Kunta Kinte, con el pelo recogido en una coleta rebelde y abrazada a un bolso de dudosa procedencia, se despedía con desdentada alegría y brazo en alto del grupo de serios uniformados.

“¡Hasta luego a todos!”, gritó con voz pastosa. Era libre, al menos por ese día, y le merecía la pena el gesto. Una despedida de lo más normal que sin embargo chirrió al oído de los muchos presentes acostumbrados a no saludarse.


En su cabeza también retumbó extraño, pero por otras razones. Hubo un breve silencio. Y, en un momento de lucidez se dio cuenta de que le había traicionado el subconsciente:

-“¡Qué digo hasta luego! ¡Hasta nunca, joder!”

Inevitablemente, la entrada del edificio que atesora menos risas de la ciudad se convirtió en una sonora carcajada entonada al unísono por los grises que habitualmente andamos por allí.

En un día triste, frío y húmedo con las neveras vacías, a mí me hizo sentir bien. Por eso espero no volver a verla.
P.D.: La ilustración es de Drooker

2 comentarios:

Flanagan no bromea dijo...

Me alegro de que haya alguna risa entre las togas.
Me alegro de la señora saliera tranquila.

Hasta luego

Víctor dijo...

los juzgados no son los sitios más aburridos precisamente... el sufrimiento de la gente nunca te provoca risa, pero no puedes dejar de sonreir cuando en la puerta de entrada, en un pasillo, o haciendo preguntas durante una vista, descubres la enésima rareza que esconde la naturaleza humana.