miércoles, 29 de octubre de 2008

Cuentos con banda sonora

Enrique tenía las cumbres más blancas que las paredes que se dejaban encalar por su mano de maestro albañil. Su pelo comenzó a brillar completamente cano a los 20, quizá los 30… De cualquier modo, demasiado pronto. Peinado hacia atrás, sin temor a lucir entradas y ajeno a cualquier tinte artificial, lucía su identidad con orgullo en unos ojos claros como su expresión.


Lo recuerdo muy vagamente en una casa hecha con sus manos. Una casa encaramada en una cuesta interminable, de habitaciones en penumbra y cocina humeante; de patio con limonero y un perro fiel; de olor a caldo de gallina y a jazmines; de fotografías difuminadas y grises, que hablaban de una familia desconocida que vivió en tiempos de una guerra de la que no se hablaba.


Pero si hay algo impregnaba aquél escenario era la música, que decoraba la casa con colores exóticos que a días parecían alegres, a días melancólicos... Papá Enrique, como le llama su extensa prole fruto del amor de a quién llamaba ''mi Isabelilla'', era un apasionado de la música árabe. En una radio prehistórica de curioso dial dividido por ciudades, siempre sintonizaba las ondas que cruzaban el Estrecho desde Marruecos para ponerle banda sonora a su hogar andaluz y, de paso, darle vuelos al mandil de su mujer.


No me llegó la edad para conocerlo… Su personaje está construido en mi herencia a base de historias contadas y fugaces imágenes que regresan desde mi infancia. Pero guardé lo suficiente para verlo de vez en cuando aparecer en mis sueños, brillante y blanco como era, acercándose con sigilo a mi cama para sonreírme y acariciarme la cara con una paz de abuelo que me sosiega para todo el día. Y en sus apariciones, de fondo, siempre suena la misma música…


Hoy me acordé de él. Y fue por aquellos ritmos… Todos tenemos una banda sonora de nuestras vidas. En mi caso, es raro el momento, el sentimiento, la visión o la experiencia que no crece en intensidad, asociada a una melodía. Como si de una película se tratase. Así son los recuerdos: cuentos hechos de fantasía y realidad con banda sonora.



Gracias a este tema que hoy ha caído en mis manos para hacerme sonreír y bailar recordé por qué Mendoza no es sólo vikinga aunque lo parezca. Hoy fui más consciente de por qué es Salado y mora.


Oigan, por favor.

(dicen que ésta, la de Carolina, es galaica... a mí me suena a lo que me suena)

Y otra, para enmudecer


En la foto, Enrique Salado, en sus ventitantos.

domingo, 26 de octubre de 2008

Sexy money y la fidelidad

Ella sabía que su marido le engañaba. Pero pensó que era menos grave de lo que imaginaba. A lo sumo, había encontrado algo de carmín en su camisa o un aroma impregnado en la piel que no era el suyo.

Cuando puso sus cuernos sobre la mesa, tuvo la certeza de que así era. Y lo asumió por puro materialismo: no estaba dispuesta a renunciar a su estatus social. Menos aún, a perder todo el dinero que tenía gracias a su matrimonio y a verse expuesta al escándalo social.

Convencida en su decisión, aceptó que su marido sobaba a otra mujer a la que decía querer, convencida que era sólo sexo.

Hasta que un día cometió el error de preguntarle dónde había estado.
-¿Has estado con ella?, dijo con gesto de perro pekinés.
-Sí, pero sólo hemos hablado. Con ella puedo hablar, contestó compungido y suplicante de perdón.

Ella calló. Cerró el portátil con energía y salió de la cama arrastrando un largo y engorroso camisón no apto para la libido. No tardó en regresar. Y lo hizo bien armada de argumentos: le pegó un tiro.


La escena pertenece a la serie de televisión Sexy Money. Pero, a pesar de la poca atención que presto a la tele, esta genialidad se me quedó grabada.

Sí. El sexo es importante. Ese tipo de fidelidad que podríamos denomiar carnal, también. Pero lo que realmente no soportó es ver cómo ya no era esa persona con la que su pareja tenía la alegría de compartir. Ya fueran sus dudas, sus certezas, su felicidad o su pena. En definitiva, su vida.

Cuando ya no le regalaba ni palabras ni gestos ni un pequeño detalle de esos que hablan por sí solo, es cuando supo que era una extraña. Ya no era esa persona a la que se echa de menos.

La protagonista de la serie aceptó que su marido hiciese con sus genitales lo que quisiese. Pero no soportó que hubiese encontrado a otra persona con la que hablar porque con ella ya no podía.

viernes, 24 de octubre de 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

Porque me gusta

Yo sólo quería escribir para comunicar más a través de un canal más. Y mi voz no es tan hermosa como para merecerse la exclusividad de mi capacidad de compartir ideas. Por eso parí y crié este blog hace más de un año. Sí, soy una exhibicionista. Todos lo somos. En internet y fuera de él.

Mi blog no tiene utilidad. No sé si aporta información, no está especializado en ninguna materia que pueda suscitar el interés de ningún cerebro ávido de formación. Soy periodista y puedo contar muchas cosas sobre la profesión y opinar otras tantas. Pero no sólo soy periodista. Por eso este blog no versa sobre el periodismo. Mi trabajo está firmado todos los días en un medio de comunicación. No me gusta mezclar. Temo a la resaca.

Sin embargo, como persona, miro, reflexiono, me sorprendo, sufro y me cabreo. Y lo hago con la vida y las personas con las que me encuentro. En un mundo estrangulado por el 'ombliguismo', yo también quiero aprender a mirar hacia fuera y sacar conclusiones para compartir. Nada más. Éste es el porqué de esta iniciativa que siempre me reconfortó. Hoy lo recordé.

Y hoy también caí en la cuenta de otra cosa que aplico a rajatabla en mi vida: por fortuna casi siempre hago lo que quiero y no todo lo que hago lo hago porque sea útil o tenga un sentido.

Lo hago porque me gusta, porque es mi forma de vivir. Y escribir e internet forman parte de mi vida.

Esta mirona vuelve a ejercer. A mirar, hacia dentro y hacia fuera.

Tengo una libreta llena de notas, mil imágenes en el cerebro y el corazón a rebosar.

Vuelvo.