jueves, 28 de febrero de 2008

Las piernas de Molina

La recuerdo pequeñita, bien vestida, envuelta en tonos pastel, comedida en cada gesto, de pasitos cortos, como una japonesita de mechas rubias. Su melena lisa, impertérrita, peinada a un lado, siempre le tapaba la mitad de la cara. Sólo utilizaba su dedo tieso y melindre para retirarse aquel mechón y descubrirse el ojo derecho, cada vez que quería decirnos algo con una de sus mil estudiadas expresiones de actriz. No le hacían falta palabras.

Elevaba su dedito de muñeca para retirarse la cortina de pelo cuando quería callar a algún estudiante charlatán con una mirada asesina; lo hacía cuando se sorprendía de las preguntas descaradamente incultas de algún incauto; lo hacía cuando leía algún poema de su adorado Góngora arrastrando las sílabas como si recitara una frase orgásmica… “El GRAN cau-po-li-CÁN”, repetía una y otra vez. Era el último verso de un poema que todos aprendimos a odiar de sólo oírla recitarlo.

Solía hacerlo paseándose por el pasillo que formaban las mesas de los alumnos, de arriba abajo, de arriba abajo, en sus tediosas e interminables clases de literatura. Yo tenía 15 años. Y siempre miraba absolutamente maravillada a aquél personaje excéntrico, que dejaba su fregona de madre trabajadora en casa para volar con las rimas entre pupitres aburridos cada mañana.

Y entre verso y verso, tan delicada y perfecta, un día nos sacó a todos del sopor matutino con un gesto que ni yo, ni mis amigos de entonces (que son los de ahora) hemos podido olvidar. Aún lo recordamos estupefactos y a carcajadas. Aquél día, en su recorrido de dama de cuento por los pasillos, se paró en seco junto al pupitre de uno de mis compañeros. Retiró con su dedito delicado el mechón rubio para descubrir su ojo prohibido. Pero en él no había, como otras tantas veces, ni enfado ni sorpresa ni hastío ni orgullo ni asco ni indiferencia. Había lascivia.

En un instante mágico abrió su boquita de fresa atenazada por las primeras arrugas de la edad para suspirar, como si pronunciase uno de sus versos ansiosos: “QUÉ PIERRRRRRR-NAAASSSS TIE-NEEEESSSSSS, MOLINA. QUÉ PIERRRRRRRR-NASSSSS”. Inclinaba la mirada hacia la silla del chico, ponía los ojos en blanco y, en un segundo, recomponía su media sonrisa pícara para seguir dando la clase como si nada hubiese pasado.

Molina era un alumno deportista que solía utilizar pantalón corto. Y sus piernas debían ser esculturas, pero nadie se acuerda de ellas. Lo que no podemos olvidar es aquel grito de guerra de la maestra doblegada en su pulcritud por la belleza adolescente.

Hoy, mis pensamientos, casi siempre enrevesados e incomprensibles, me llevaron saltando de uno a otro hasta las piernas de Molina y la profesora de literatura.

En aquellas clases, y a aquella edad, aprendí pocas cosas, pero tan valiosas que no las olvido. Una: a odiar a Góngora. Dos: a descubrir que todos somos más (y menos) de lo que aparentamos. Tres: que siempre hay una mirada prohibida que controlar para no descubrirnos en nuestras inoportunas debilidades. Aunque sean fugaces.

Hoy llegué a la conclusión de que el peinado de aquella profesora era, además de su seña de identidad, la forma gráfica de ocultar el otro yo que sus imberbes alumnos nunca debían descubrir. Pero llegó el día en que no pudo controlarlo.

5 comentarios:

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

La memoria nos devuelve muchas veces a ese aprendizaje vital que tú refieres. Los profesores tenían aquel porte tan mitificado por la inocencia del alumnado. Pero leído tu relato veo que fuiste una alumna aplicada que extrajo sus conclusiones.

Flanagan de vicio. dijo...

Pero que pieeerrrnnas tiene también mi mendo!

Rocío Mendoza dijo...

flanagan de vicio? qué pierrrrnnnnaaaaassss.... ummmmm jajajajaja

María Ruiz dijo...

Puñales, Mendoza, puñalesss!!! todos tenemos alguna mirada que ocultar, alguna frase que callarnos y pronunciar solo en los bares y con la gente cómplice. Ya sabes, qué miedo me da el verano!!! jeje. bsos

Anónimo dijo...

La verdad es que esa frase tuya de "qué miedo me da el verano" debería estar en algún tomo de frases célebres!
La autora.