miércoles, 30 de enero de 2008

El viajero sin fuerzas

Cuando abandonó su casa lo hizo sin demasiados aspavientos. Aceptó el reto inmediato que tenía por delante sin mirar atrás. Le tranquilizaba saber que había de volver a guarecerse bajo aquel techo muchas veces. Allí nunca le negarían las dosis de cariño necesarias para volver a partir seguir adelante.

Llevaba el mar en su nombre y su carrocería nunca le hizo destacar del resto. Era del montón. Nadie se volvía para mirarlo. Pero en su interior guardaba su mejor arma: un corazón de león que bombeaba con alegría y con fuerza.

Nunca pudieron reprocharle que le faltara un detalle. Brillante, veloz, ágil, servicial, eficiente… Por más carga, por más trabajo que le pidieran, siempre emprendía el viaje con actitud positiva. Y siempre, siempre, en cada una de sus andanzas, cantaba a todo el que quisiera escuchar las más extravagantes canciones sin rubor alguno.

En aquellos años, compartió su espacio con mucha gente. Oyó silente alegrías, penas, quejas, secretos inconfesables, bondades y maldades… Presenció besos, gritos, odios, ilusiones y decepciones… Hasta enfermedades... Mientras, seguía andando sin una queja.

Conoció ciudades amables y lugares extraños. Nunca la hacía ascos a pasar por caminos embarrados, aunque luego agradecía los momentos de relax. Solía sorprender a los extraños con secretos que guardaba en sus rincones, siempre divertido al verse descubierto en su desastre innato. Y lo más importante: odiaba estar encerrado porque siempre prefirió la calle.

Y siguió andando. Los años pasaron. Cada vez regresaba a casa a por cuidados con más asiduidad. Algún compañero de viajes le hizo un roto en el interior que, al ser irreparable, intenta disimular sin éxito. En la calle recibió más de una puñalada que, aunque en realidad no le afecta a su interior, ya le hace parecer más viejo. Hasta fue víctima de los ladrones que le privaron de alguna nimiedad.

Llegó a perder sus tan valiosos reflejos y, en un despiste, se partió la boca literalmente. Se la arreglaron, pero no es lo mismo y ahora luce inevitablemente algunas sus faltas con resignación. Es incapaz de mantener en hora su reloj y cada vez consume más. Tiene el calzado desgastado y su corazón, más que rugir, parece quejarse cada vez que tiene que moverse. Y lo peor: sólo luce acicalado muy de tarde en tarde.

Dicen que los coches dicen mucho de sus dueños. Que, con el tiempo, se crea una simbiosis entre el uno y el otro para parecerse cada vez más. Cuando me paro a pensar en el mío, casi me asusto de lo cierto que hay en esta absurda teoría. Y ahora ando preocupada. Hace unos días, en una de nuestras andanzas, tuvo un gesto de rebeldía y me falló en algo que nunca me hubiese esperado de él. Se ahogó cuando intentó acelerar: parece que ha perdido la fuerza.

Sé que si lo llevo a su casa, lo harán entrar en razones. Pero temo que no vuelva a ser el mismo.

3 comentarios:

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Ay la humanidad de las máquinas que se hacen tan nuestras como nosotros de ellas.

María Ruiz dijo...

He abandonado temporalmente mi coche porque anda como yo. Está perdido intentando acertar con el camino adecuado y sabe que, elija el que elja, va a necesitar un paso por el taller. Además, lo tengo sin papeles, como si de repente fuera algo robado. es mi coche pero no lo es. Al menos, oficialmente, en estos momentos mi coche no existe. Por eso no puedo pasarle la ITV, ni planear con él viajes absurdos. He sacado todo esto por la impresora y lo he puesto en mi pared. Mi coche está sin papeles, sin ITV, con arañazos en cada esquina y algo más profundo. Y sucio, muy sucio, y descuidado. Espero que no sea el fiel reflejo de mi misma. bsos mil

pepote dijo...

tus palabras siempre,siempre me zamarrean.desde el principio.
un admirador de tu pluma.