lunes, 7 de enero de 2008

Los monstruos del Olimpia



Olimpia es cafetería, pastelería y heladería. Al menos eso dicen sus rótulos. Pero no es un lugar para soñar.

A las 13.30 horas de la tarde casi nadie toma café con tostada de tomate. Pero en los días libres, esos en los que mi amiga Dolce y yo pasamos del mundo, no hay nada mejor que un desayuno a deshora y tres periódicos por leer sobre la mesa. Esa es mi religión.

Yo intentaba deleitarme con mi momento de la semana y me afanaba en concentrarme en la realidad de papel, atendiendo a las elecciones norteamericanas, pasando por la crisis en Nairobi y saltando páginas con imágenes de Carla y ‘Sarco’ en Petra (hasta en Petra la tía va chic!). Pero aquella mujer no me dejaba.

Se me escapaba el ojo inquieto hacia el lugar donde estaba sentada. Bien vestida, con un llamativo reloj de marca en la muñeca, acurrucada como un pajarito sobre el palito de su jaula, con las manos entre las diminutas piernas cruzadas y frente una gran copa llena de anís. Miraba al vacío e intentaba mantenerse despierta.

Yo dejé la actualidad de la prensa para observarla descaradamente sin que ella se inmutase un ápice. Sus párpados, castigados por el insomnio, se cerraban despacio una y otra vez. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Como en un baile melancólico, se iba despidiendo con sus pestañas del mundo. Hasta que no volvió a abrirlos. Agachó la cabeza y se sumergió en un profundo sueño que le dibujó una sonrisa trágica en un rostro desfigurado por el maquillaje.

Mientras ella dormía, yo me puse a mirar por los ventanales del Olimpia. Mi pensamiento saltó de las huellas de su rostro a su copa de anís, de Bruni y Sarco a la pareja que se besaba en la acera de enfrente, del cielo encapotado a los aviones que lo cruzan, de los aviones que cruzan océanos a las tierras allende los mares, del frío que me helaba los pies al rayo de sol soñado…

Me encontraba con la cabeza echada hacia atrás, arrugando los ojos, como si de verdad un sol radiante me limpiase las penas y me tiznara las pecas cuando, de pronto, una voz masculina trajo el nubarrón que me arrancó del sueño privado. “Aquí no se duerme. ¿Te enteras? ¡A dormir, a otra parte!” Era la estridente voz de un camarero que cogía del brazo a la mujer que momentos antes me había hipnotizado. Ella intentaba dar una explicación absurda a su sueño con el balbuceo propio de los borrachos. Yo miraba la escena con los ojos como platos y las cejas desconcertadas.

En un instante el camarero se dio la vuelta y me miró desafiante. Recogí mis periódicos con una habilidad desconocida en mí, dejé unas monedas sobre la mesa, tomé el último sorbo de café apresurada y me levanté asustada con la vergüenza de los sobrios antes de que me espetase a mí también: “Señorita, aquí no se sueña. A soñar, a otra parte!”

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