miércoles, 9 de enero de 2008

El Lusitania y la cutrez

Tenía todos los elementos. Al menos para mí. Mi padre adora los trenes y llevo más de Mendoza en los genes que él serrín en los bolsillos. Será cuestión de genética, pero a mí me tiran más dos raíles que el reactor más rápido del mundo. Los paisajes por la ventanilla, la observación de los pasajeros del vagón, el vaivén que te mece para dormir y soñar, la parada en las estaciones perdidas, la llegada tranquila y sencilla al centro de las ciudades…

Con ese bagaje, el Lusitania estaba archivado en mi imaginario personal como un elemento imprescindible para un viaje romántico. Pero del romanticismo del siglo XIX, no el de los corazones rojos en San Valentín. Llevaba tiempo queriendo probar el que llaman el ‘tren-hotel’.

Ese en el que no viajas en un asiento, sino en una cama. Soñando con el destino que buscas mecido por la velocidad o viendo pasar rápidamente los paisajes convertidos en sombras tétricas por la noche.

Una escapada a Lisboa era el momento perfecto. Cuando compré el billete, el precio me hizo pensar que me iba a gustar. Era astronómico, pero valía la pena. Y llegó el día. Antes de entrar en el tren, una señorita melancólica, con la piel verdosa y ojeras indicó: “Habitación número 5, bienvenida”. “Habitación”, pensé con una sonrisa escondida… Encontraría un habitáculo pequeño, pero confortable. No lujoso, pero sí con detalles. Cálido… Adecuado.

Pero no. El habitáculo era un zulo. Más propio del secuestro que del viaje romántico. La expresión de la confortabilidad quedaba derrotada con un colchón que parecía haber sufrido el peso de cien gigantes durante larguísimos siglos, un lavabo metálico, diminuto y en esquina, y ningún espacio para dejar la maleta. La manta estaba raída, era áspera y lucía diminutas bolitas por doquier fruto de mil trotes de lavadora. No era cálido: la calefacción lo convertía en un espacio asfixiante. Eso sí, si la desconectas, te hielas. Y el vaivén era más bien los estertores de un terremoto insoportable aderezado con los porrazos del ‘vecino’.

Pero llegué a Lisboa de mañana. Y cuando bajé del Lusitania estuve a punto de comenzar a quejarme en silencio de la maldita elección. Pero, en un instante, mi derrotismo habitual quedó marginado por otro pensamiento con el que he decidido quedarme. Me di cuenta de que en el Lusitania aprendí una cosa muy importante: No hay objeto inerte en el mundo, por muy cutre que sea, que pueda estropear la alegría, la satisfacción y la emoción de una experiencia mil veces soñada.

2 comentarios:

la ruiz dijo...

pues te deseo mil experiencias más como este último viaje tuyo. da igual ir en un cutretren con mantas hechas polvo que en un 206 sin tapacubos. lo importante es iniciar esos viajes. cada uno que apueste por el suyo, pero que empiece a moverse.

Rocío Mendoza dijo...

Movimiento... Esa es la clave. Hay quien decía: "Sí, sí, ya descansaré, ya me pararé cuando me muera". Lo acepto como filosofía. Por cierto Ruiz, tenemos algún que otro viaje pendiente. De 2008 no pasa. Pero que no pasa, vamos. TE lo prometo.