miércoles, 9 de enero de 2008

El día del Niño es el 9 de enero

No puedo decir que mi corazón sea para un solo hombre. Y cada vez que lo veo a él, me reafirmo en mi postura sin ningún rubor.

Como pasa con los grandes amores, lo admiro en muchas cosas y no lo entiendo en muchas otras. A pesar de su 1,80 metros, después de tantos años, sigo sintiendo el impulso inevitable de querer cuidarlo y protegerlo. Me parece bello, por dentro y por fuera. Un hombre con cara de niño que apuesta por lo que quiere, sensible al mundo y con una inevitable marca que yo también llevo: esa melancolía siempre inoportuna y momentánea, aderezada con el sinsentido del existencialismo pasajero. Le pasa porque es inteligente. Tanto que a veces se convierte en su arma de doble filo.

No lo doblegan los números ni las ciencias y a la vez tiene capacidad para las letras. Pero sobre todas las cosas, es un creador. Quiso conocer la música, y no necesitó de muchos maestros. Toca la guitarra con tiento y canta con la voz dulce de un enamorado sus obras. Quiso descubrir los entresijos de la informática y todavía no ha dejado de destripar y aprovechar esos secretos. Quiso apostar por su capacidad para el dibujo y ahora, por ahora, le saca rendimiento económico a su talento.

Es muy joven y todavía tiene mucho que andar. Pero, al hablar con él, te das cuenta de que el camino no le asusta. Lo emprende con ilusión, con pájaros en la cabeza, con ideas innovadoras constantes, con actitud emprendedora. A la vida le tiene el miedo justo y sabe apoyarse en quienes jamás le fallaremos, en sus incondicionales, haga lo que haga. Es sensible y detallista y sabe enamorase hasta las trancas. Todo un arte en el que pocos saben desenvolverse. En definitiva, es una buena persona (con todo lo que eso significa) aunque muchas veces su bondad le haya traicionado.

Así es hoy uno de los hombres de mi vida.

Hoy, 9 de enero, no puedo evitar recordarlo con todo el amor que soy capaz de profesar por una persona. Cuando él llegó al mundo yo sólo tenía cinco años. Pero su difícil nacimiento (casi se nos va al otro barrio con su madre) tuvo una recompensa para mí, o sea, una niña aún que no se enteraba de la misa la media. Su llegada, entonces, trajo ausencias importantes al hogar y yo aproveché para jugar a las cocinitas con una a tamaño real: la de casa. Alucinante para mi edad.

Después lo recuerdo diminuto, cagándose encima con una sonrisa de placer pero siempre estratégicamente: lo hacía cada vez que su madre salía de casa para hacer alguna tarea, entonces le tocaba limpiarlo a mi hermana mayor mientras yo me mantenía en un discreto segundo plano. Lo recuerdo comiendo interminables platos de lentejas con ahínco junto a su bloc de dibujo y su lápiz. Casi no llegaba a los cuatro años y llenaba páginas y páginas con muñequitos extraños que vivían en el papel una historia que él balbuceaba medio ausente y ninguno de nosotros entendíamos.

Lo recuerdo levantándose del sillón llorando al ver en la televisión algún tipo de maltrato animal (por muy ficción que fuese). Para él era insoportable. Lo recuerdo con sus crisis de ansiedad cuando le cambiaron a su profesora en el parvulario, a los cinco años, llamando a la puerta de mi clase, en el colegio, para pedirme por favor que lo llevase a casa porque se sentía mal. Lo recuerdo colgándose (literalmente) de mis trenzas por algún ataque de rabia que le diese camino a casa. Lo recuerdo acompañándolo en las reuniones de padres del colegio, haciendo yo de madre cuando yo todavía era una niña.

Lo recuerdo asustado mirándome pelearme a hostias con un amigo mío que se atrevió a ponerle la mano encima en una de nuestras tardes interminables en el parque. Todavía hoy lo veo en mis sueños, desvalido o amenazado, y aún siento la ansiedad de la madre protectora. Lo recuerdo en sus accidentes (siempre aparataosos) de niño inquieto, en sus travesuras, en desdichas mastodónticas que los dos intentábamos olvidar, en sus primeros amores, con sus amigos y sus enemigos, con sus éxitos y sus fracasos, con sus notas brillantes y su desgana en la Universidad…

Tengo muchos recuerdos, hoy me puse a recuperarlos con la inevitable sensación de que me faltan muchos fragmentos de su película. Menos mal que él siempre me la contará con su facilidad para narrar con detalles.

Hoy es el día de este hombre de 26 años que prefiere seguir siendo ‘el niño’, como todos lo seguimos identificando. Y yo no quiero regalarle nada para celebrar que nació hace hoy 26 años porque sabe que tiene lo que doy a muy pocas personas: mi amor incondicional y público.

Nadie que haya hablado conmigo más de diez minutos seguidos descubrirá nada nuevo en ese artículo que hoy me da la gana dedicarle y compartirlo a la vez.

Ésta es una descripción rápida y nunca meditada de uno de los hombres de mi vida. Cuando hablo de él todos dicen: "Eso es amor de hermana". Y yo siempre pienso: "Sí, uno de los más valiosos sentimientos del mundo".

5 comentarios:

Isabel dijo...

Todavía me acuerdo de la llamada de teléfono que nos anunciaba que mamá había tenido un niño, todos empezamos a saltar de alegría gritando ¡niño! ¡niño! desde entonces fue nuestro niño, nuestro muñeco... y admiro el hombre en el que se ha convertido.

Rocío Mendoza dijo...

Si algún día tengo hijos, aunque la cosa está complicada, sólo tengo una cosa clara. Nunca los privaré de tener hermanos. Os quiero, aunque estoy empiece a parecer una telenovela.

Mariquilla Sinembargo dijo...

Sin palabras

Sniff, Sniff

NOTA: Voy a pasarle el enlace a mi hermana a ver si espabila

Paco dijo...

Felicidades al mendozito... ¡¡Que tiene mi edad!!!

Un abrazo...

Teresa dijo...

¡Qué bonito!
No me puedo imaginar a mi enano (Manu) con 26 años...

La verdad es que l@s herman@s, por mucho que te compliquen la vida en ciertas ocasiones, son una de las cosas más bonitas del mundo.
Eso si que es apoyo incondicional y amor eterno.