miércoles, 30 de enero de 2008

El viajero sin fuerzas

Cuando abandonó su casa lo hizo sin demasiados aspavientos. Aceptó el reto inmediato que tenía por delante sin mirar atrás. Le tranquilizaba saber que había de volver a guarecerse bajo aquel techo muchas veces. Allí nunca le negarían las dosis de cariño necesarias para volver a partir seguir adelante.

Llevaba el mar en su nombre y su carrocería nunca le hizo destacar del resto. Era del montón. Nadie se volvía para mirarlo. Pero en su interior guardaba su mejor arma: un corazón de león que bombeaba con alegría y con fuerza.

Nunca pudieron reprocharle que le faltara un detalle. Brillante, veloz, ágil, servicial, eficiente… Por más carga, por más trabajo que le pidieran, siempre emprendía el viaje con actitud positiva. Y siempre, siempre, en cada una de sus andanzas, cantaba a todo el que quisiera escuchar las más extravagantes canciones sin rubor alguno.

En aquellos años, compartió su espacio con mucha gente. Oyó silente alegrías, penas, quejas, secretos inconfesables, bondades y maldades… Presenció besos, gritos, odios, ilusiones y decepciones… Hasta enfermedades... Mientras, seguía andando sin una queja.

Conoció ciudades amables y lugares extraños. Nunca la hacía ascos a pasar por caminos embarrados, aunque luego agradecía los momentos de relax. Solía sorprender a los extraños con secretos que guardaba en sus rincones, siempre divertido al verse descubierto en su desastre innato. Y lo más importante: odiaba estar encerrado porque siempre prefirió la calle.

Y siguió andando. Los años pasaron. Cada vez regresaba a casa a por cuidados con más asiduidad. Algún compañero de viajes le hizo un roto en el interior que, al ser irreparable, intenta disimular sin éxito. En la calle recibió más de una puñalada que, aunque en realidad no le afecta a su interior, ya le hace parecer más viejo. Hasta fue víctima de los ladrones que le privaron de alguna nimiedad.

Llegó a perder sus tan valiosos reflejos y, en un despiste, se partió la boca literalmente. Se la arreglaron, pero no es lo mismo y ahora luce inevitablemente algunas sus faltas con resignación. Es incapaz de mantener en hora su reloj y cada vez consume más. Tiene el calzado desgastado y su corazón, más que rugir, parece quejarse cada vez que tiene que moverse. Y lo peor: sólo luce acicalado muy de tarde en tarde.

Dicen que los coches dicen mucho de sus dueños. Que, con el tiempo, se crea una simbiosis entre el uno y el otro para parecerse cada vez más. Cuando me paro a pensar en el mío, casi me asusto de lo cierto que hay en esta absurda teoría. Y ahora ando preocupada. Hace unos días, en una de nuestras andanzas, tuvo un gesto de rebeldía y me falló en algo que nunca me hubiese esperado de él. Se ahogó cuando intentó acelerar: parece que ha perdido la fuerza.

Sé que si lo llevo a su casa, lo harán entrar en razones. Pero temo que no vuelva a ser el mismo.

lunes, 28 de enero de 2008

Los tiempos cambian, cambia tu tiempo


Desde de que tropecé con él, Ricardo ha contribuido a reducir mi lista de cosas pendientes de conocer. A esas “cosas” suelo llamarlas descubrimientos. Son ajenos, pero yo me los apropio. Hasta ahora, no se ha quejado.

El último ha sido el Banco del Tiempo. Lo leí en su blog.
Me sorprendió la teoría (y la práctica) de su amiga Ana. El Banco del Tiempo, le llaman. En esta sociedad en la que impera el “tanto tienes, tanto vales”, donde el dinero parece poderlo todo, donde no sabemos dar un paso para alimentar nuestros conocimientos y experiencias sin antes abrir la cartera, el Banco del Tiempo es un alternativa sana. Intercambio de habilidades en una comunidad para dar y recibir dejando a un lado el dinero.

¿Quieres aprender inglés…? Pues buscas a alguien que pueda enseñarte y tú, a cambio, das horas para ofrecer algunos de tus conocimientos.

El único problema que le veía: ¿cómo encuentras a gente que quiera participar en ese trueque?
Me puse a darle vueltas a la idea. Y busqué, como siempre.

Y encontré Kroonos. Internet si para algo sirve y en lo que algo triunfa es en la creación de comunidades. Los padres de la iniciativa han concebido Kroonos como una comunidad de personas ubicadas en medio mundo (casi suman ya mil) que ofrecen y demandan habilidades. En la web, la única moneda de curso legal es el tiempo. Y en ella la gente se busca, se encuentra y comparte, cuando quiere.

Es más, la excusa del “no tengo tiempo” no vale. Las horas que pagas con dinero para que una masajista te quite las contracturas de la espalda las puedes pagar con horas de enseñanza de, por ejemplo, idiomas a esa misma persona. Se trata de invertir el tiempo, pero de otro modo.


Yo me he inscrito. Y mandé invitaciones a cinco amigos (por ahora). Espero que mis cinco amigos se inscriban e inviten a otros cinco y esos cinco a otros tantos. Y esos tantos otros muchos… Para que la cadena de favores sea interminable…

En Kroonos he descubierto que el banco del tiempo es algo más que una buena idea que contar. Me doy cuenta de que es posible más allá de un plano idealista. ¿Lo hacemos realidad? ¿Os seduce la idea? ¿Quién se apunta?

Los interesados, dejen aquí sus correos y ya veré cómo hago para invitarlos (es la única forma de entrar a la comunidad) a todos.

domingo, 27 de enero de 2008

La lejanía y la relatividad

Pe Leona vivió hace unos días una escena carne de Vista Cansada, de esas que su autora busca aquí y allá.

Ella lo ha compartido con su comunidad. Yo quiero compartir lo suyo con mi otra minicomunidad. Como de agrandar círculos se trata esto de los blogs... pues aquí lo reproduzco.

Dixit:
Caminaba, (como desgraciadamente casi siempre) con prisas, por las estrechas calles de mi viejo barrio.

Llevaba de la mano a mi hijo de 3 años.

-Mamá ¿Dónde está África?
-Uff. Muy lejos
-. No, no (oimos una voz a nuestra espalda)

Nos volvimos. Un chaval negro, flaco y altísimo con un cartapacio de CDs en la mano nos miraba y sonreía.
Golpeándose el pecho a la altura del corazón dijo: "No está tan lejos".
Mi hijo lo entendió a la primera.Yo me estremecí.


Podríamos pensar muchas cosas al respecto. Vista Cansada sacó esta conclusión: La lejanía significa mucho más que kilómetros. Las distancias tienen más que ver con la mente y la mentalidad. Tiene más que ver con la elección de abrazar como propio lo que hay más allá de nuestras narices o ignorarlo para, de ese modo, intentar ser felices con nuestro pequeño y cómodo mundo.

jueves, 24 de enero de 2008

Bambino y los vicios



Bambino, un gitano bisexual de los años 70 que llenaba tablaos repletos de señoritos andaluces, olor a tabaco, vino y laca con su rumba merdellona y sin complejos, es el único que sabe menearme las caderas. Lo confieso. Su interpretación de la rumba más bajuna es capaz de poner de buen humor -pero de ese humor de las buenas juergas sin fin- a un muerto.

Se me encaja la sonrisa en la cara cada vez que escucho sus grabaciones antiguas –con ese inconfundible deje enlatado-, con esas guitarras flamencas nerviosas e hiperactivas, con eses palmeo acompañante que suenan como si aporrearan a una lata, con esa voz que más que cantar grita recitando, como si le fuera todo el sentimiento de lo que cuenta en los minutos que actúa... Pero, sobre todo, lo que me desata la carcajadas son los coros de los gitanos que lo acompañan. ¿No se lo pierdan! Esos jaleadores donde el ‘ole’ es ‘ele’ que se resisten a quedarse en un segundo plano de la interpretación –como debería ser- para asaltar con sus ‘arsas’ ‘ijiiis’ ‘engaaaa’, ‘ámoooos’ y un largo etcétera.

Y esas letras… No conozco ni una sola que no hable de amores desgarrados, imposibles, prohibidos, de odio profundo, de muerte, con despecho, con pasión, con alegría, con rencor, con tragedia, con ironía, con ganas, con deseseperación… Todos esos sentimientos que los mortales intentamos olvidar para hacer la existencia más llevadera. Muchos de ellos los conocemos y otros tantos desearíamos haberlos sentido alguna vez. Los mejores ejemplos están en: Compasión (imprescindible), Odiame, Culpable, Payaso (más imprescindible) y No me des guerra.

La primera vez que lo escuché sentí literlamente cómo la sangre me corrió por las venas ocultando mi vergüenza ante mi interlocutor por la bajuna calidad musical. Pero es que no lo puedo evitar. Y cada vez que lo vuelvo a escuchar (además de martirizar a los vecinos) termino como si hubiese estado dos horas en el gimnasio.

Yo, con mi aspecto de irlandesa sosa, siento los adentros gitanos. No hay otra música que me haga sentir más que el flamenco del bueno (otro día hablaré de esta otra pasión, porque Bambino no se enmarca en esta categoría) y eso se lo debo a mis padres, que me enseñaron a entenderlo.

Tiene explicación la cosa. Mi madre es la mejor cantaora que conozco, he chupado de su teta mientras las reuniones familiares terminaban en un improvisado tablao donde ella cantaba y los demás tocaban palmas y bailaban. Hemos llorado con su ‘mediagranaina’ y nos hemos sentido orgullosos cada vez que, de regreso del colegio, oíamos voz limpia y dramática inundando todo el edificio, para el deleite vecinal. Era la mejor bienvenida a casa a la hora del almuerzo.

Aquí dejo una perlita. El clásico de todos los clásicos de Bambino. Cada vez que la escucho me acuerdo de que a La Ruiz le encanta, es su preferida diría yo, y me dan unas ganas irremediables de marcarme una rumba con ella. Así que: ¡Enga Ruiz, ámonos!




Y aquí dejo un vídeo que no sé ni cómo he encontrado (esto sí que es una rareza) donde se puede visualizar al personaje en toda su dimensión y, además, con mi cación preferida.





Quien no tenga vicios (in) confesables que tire la primera piedra.

lunes, 21 de enero de 2008

Raeza



Encontré esta rareza por ahí. Me sorprendió esta versión extrañísima del único tema 'disco' que le conozco a Amaral. De andar por casa...

Prefiero la otra versión. De cualquier modo me quedo con la letra. Sólo contiene una palabra que cambiaría.

domingo, 20 de enero de 2008

Tiempo y dinero

Yovoy es una iniciativa de tres desempleadas que le dieron vueltas al mercado actual para encontar un hueco que hacerse en internet con un negocio. Y lo encontraron esa maldita característica de la sociedad actual en la que todo el mundo hace mil cosas y nadie tiene tiempo para nada. Hacen colas en las administraciones, la compra, buscan objetos especiales en las tiendas, se encargan de la mudanza, las facturas... Asumen las responsabilidades ajenas a cambio de unos 30 euros.

Yovoy es una idea brillante. El negocio funciona (sólo en Madrid, por ahora). Me lo comentó La Ruiz.

De madrugada me sumé a su admiración por la idea. Ahora, por la mañana, le estoy dando vueltas y veo que la vez es deprimente. No la idea, sino que realmente funcione este tipo de empresas. ¿De qué manera vivimos? No sabemos ponerle coto a las responsabilidades y trabajos que asumimos, a lo que podemos y no podemos hacer para asegurarnos un mínimo de bienestar. ¿Realmente estamos empujados a vivir así o es que no sabemos elegir?

Yovoy es un recurso para gente sin nada de tiempo y mucho dinero (que obtendrá empleando todo su tiempo) para gastar. En fin: ¿preferimos más dinero o más tiempo?

Nadie dijo que elegir fuese fácil.

miércoles, 16 de enero de 2008

La realidad y la persectiva



El domingo una pareja, que probablemente vivía un amor verdadero y hacía planes de futuro, (con 22 y 28 años es normal), murió en un accidente de tráfico. Ellos no tuvieron la culpa. No cometieron infracción alguna, pero eso dio igual. Un loco conducía en sentido contrario a 120 km/h y se lo toparon de frente. Y con él, la muerte inevitable. Adiós a todo.


El lunes un inmigrante argentino, con dos hijos, con trabajo de sol a sol durante años a la espalda murió de la forma más absurda. El dispositivo que sujetaba un depósito de agua se soltó justo cuando él pasaba por debajo. Murió aplastado. Se acabaron las aspiraciones de tener una vida mejor lejos de los tuyos.


El mismo día un hombre que vivía solo, pero solo con todo lo que esa palabra conlleva, murió porque no tenía nadie alrededor que lo ayudase rápido al sufrir un infarto. Lo encontraron tirado en el suelo rodeado de ratas y basura que acumulaba hacía siglos.


No tendría que enterarme de estas cosas si no fuera porque mi trabajo me obliga a conocerlas para luego contarlas al resto. Y después de mucho tiempo haciéndolo me he quejado mil veces de que suponen un bombardeo constante a mi depauperado optimismo por la vida. A veces es inevitable borrar del semblante tantas desgracias consumidas en sesión intensiva de mañana y tarde. Y creo que se me va notando.


¿Con qué me he encontrado en estos días para recordarme que mi profesión me ayuda a ver la vida tal y como es, pero para bien? Con un encargo del jefe: conocer la marginalidad más absoluta de la provincia en la que vivo para que la cuente en un reportaje.


¿Resultado? Después de ver 'otras' vidas, hoy no necesité lentillas de color de rosa para ver la mía de otro modo. Porque en realidad lo es.


Alguien a quien tengo siempre en mis pensamientos me aconsejó un día: “piensa que hay mucha gente que está peor”.


Yo creía que era una postura algo egoísta. Pero hoy veo que es saber dar gracias. La queja es el traje de los mediocres. Y, hoy, con la perspectiva mundial (muchíiiiiiisimo más allá de esta miniciudad), dejo la queja en la barrera y salgo a torear.

Mañana será otro día.

martes, 15 de enero de 2008

La vida y la sorpresa

Hace ocho meses escribí en algún lugar:

"La sorpresa que rompe nuestros esquemas y nos hace sonreir por dentro nos da la vida. Resignarse a los días similares no está en mi forma de entender la existencia".

Ocho meses después me he dado cuenta de que sorpresas ha habido, pero me siguen sobrando días similares. Gracias a la memoria, vuelvo a rescatar aquella idea de las neuronas dormidas para instalarlo en las que aún se sienten vivas, activas.

Ahora, ocho meses después, añado otra frase a aquella: "el mundo y las personas sólo te sorprenden si tú te dejas". Espero que dentro de otros ocho el balance sea, cuanto menos, excitante.

lunes, 14 de enero de 2008

Evil eye y el despertador

En las clases de inglés nos dijeron que tradujésemos letras que nos gustasen. Yo elijo esta. It's not mine, but I think about it sometimes. Se llama 'Evil eye'. La canción me la pongo en el ipod shuffle de 'merchandaisin' del Mercadona (qué glamour!) junto con el café: ambos tienen el mismo efecto despertador.

Con esta letra de ASH (nuevo descubrimiento reciente, aunque tengo que profundizar aún en él) recordé cómo decir en inglés maldita/condenada, atada, clandestina, sublime, no poder negarse, engarzar pensamientos corruptos, recorrer, espina dorsal y tiritar. No sé si llevarla a clase. ¿Me expulsarán de la escuela? Qué más da. Al menos, me ahorraría los madrugones (siete de la mañana) indecentes para cualquier periodista que se precie.




She's giving me the evil eye
A poison smile
Asking if I will stay
A while
I made a promise to the night
In blood
I signed
The line

Giving me the evil eye
I can't deny
Oh that girl,
she's so damn fine
Divine, so fine
Bound through all space and time
Shivers running down my spine
Giving me the evil eye
She's mine

Sinister parasite
She occupies
Every little space inside
My mind
Corrupt thoughts here enshrined
So clandestine
Sublime

Giving me the evil eye
I can't deny
Oh that girl, she's so damn fine
Divine, so fine
Bound through all space and time
Shivers running down my spine
Giving me the evil eye
She's mine

Love is pain and love is blind
You don't know when you cross that line
Pretty soon you're intertwined
With this girl
Thunder rolls and lightning strikes
But you don't know what it's like
To be all torn up inside
In this world

Giving me the evil eye
I can't deny
Oh that girl, she's so damn fine
Divine, so fine
Bound through all space and time
Shivers running down my spine
Giving me the evil eye
She's mine; all mine
Promised to a valentine
Bound through all space and time
Giving me the evil eye
She's mine

domingo, 13 de enero de 2008

Ángel González y la palabra

Los grandes descubrimientos son aquellos que son fruto de la casualidad. Así descubrí yo a Ángel González.

Fue gracias a una película española que vi cuando era una adolescente (si es que he dejado de serlo alguna vez). No recuerdo el título del film, sólo conservo en algún lugar de mi alambicado cerebro a una protagonista sumida en una relación tortuosa, que repetía de forma enfermiza, siempre en su pensamiento a través de una voz en off, una frase: "si yo fuese dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti".

Me pareció una de las formas más intensas y puras de expresar amor por una persona. En aquel entonces, yo, ignorante, desconocía el autor de aquella frase. Busqué, busqué y di con él. Desde entonces no he dejado de leerlo.

Aquél poema se llama Me basta así. Se encuentra en el libro 'Palabra sobre palabra'. En este enlace pueden oír los versos leídos por su autor.

Ángel Gónzalez imaginaba en este poema qué haría si fuese dios. No lo fue, claro está. Pero a pesar de que el sábado día 12 de enero de 2008 murió, él ha alcanzado la inmortalidad con el elixir que siempre embriagará a los hombres: la palabra.

Bájense del árbol, por favor

En materia de política social dirigida a las mujeres, yo me pierdo. Lo reconozco. Cuando veo anunciar ciertas medidas de discriminación positiva me rebelo con un sinsentido que sé que no es políticamente correcto, pero que no puedo evitar. Vomito un pensamiento que a muchas mujeres le revolverían el estómago. Pero así es.

Me resisto a aceptar de buen grado beneficios sociales por el simple hecho de tener un buen par de tetas y dos ovarios en activo. En este siglo, me resisto a pensar que lo que me diferencia de mis compañeros de trabajo sea algo más que eso. Ignoro qué es el sentido femenino de la vida y la sensibilidad especial de ‘la mujer’ para ciertas áreas de la experiencia laboral. Más bien, creo que esta creencia existe porque sí hay hombres que nos ven diferentes para emprender la supervivencia, con todo lo que eso significa.

El problema aparece cuando esa diferencia se traduce en una visión de superioridad con respecto al sexo femenino. Es decir, seres marcianos (incomprensibles y todo un misterio, por supuesto), que necesitan de una ayuda especial para salir adelante en esta sociedad. Lo malo es que muchos de los que piensan así son los que, aún en este siglo, toman el 90% de las decisiones. Y no me refiero sólo a la política.

El señor Rajoy es uno de ellos. Ese castigado líder de la oposición prodiga en sus mítines repletos de señora ‘aplaudientes’ cargadas de brillantes, zapatos de marca y, cómo no, mechas rubias (vaya topicazo me acabo de marcar) que va a rebajar en 1.000 euros los impuestos si gana las elecciones. Es una de sus grandes promesas electorales. Eso sí, sólo a las mujeres.

¿Pero por qué? Su explicación (agárrense que vienen curvas): “como medida para acabar con la diferencia entre la tasa de empleo femenino y el masculino”. ¡Toma ya! Yo con mi par de tetas y ovarios, no alcanzo a entender la teoría. ¿Será culpa de mi cerebro? El líder viene a decir que si Hacienda me cobra menos cada año, tendré más facilidades para encontrar un trabajo. No entiendo nada. Supongo que querrá ayudar… ¿? Y yo me pregunto: ¿Por qué recurrió ante los tribunales la Ley para la Igualdad del PSOE? Sigo sin entender nada.

Yo creo que para acabar con la diferencia en la tasa de empleo masculino/femenino hay que cambiar otras cosas. A saber: la mentalidad. A saber: que dejes de ser considerada un ser inútil en un trabajo cuando empieza a crecerte la barriga porque esperas un bebé (se olvidan que no es cosa exclusiva de una mujer), que dejen de disculparse en una reunión con mayoría masculina cuando se suelta un taco o se habla de sexo, que dejen de anular tus posibilidades de asumir nuevas responsabilidades y subir en el escalafón de una empresa sólo por el simple hecho de que ‘algún día tendrá que reproducir y dejará de ser el trabajo su prioridad’, que dejen de mirarte si vienes guapa a trabajar antes de preguntarte si ofreces un producto de calidad para la empresa, que dejen de preocuparse de tu vida personal mientras no muestren la misma preocupación por tus compañeros de pelo en pecho, que dejen de destacar de una buena que vez que ‘eres la única mujer aquí’, que dejen de darse palmaditas en la espalda cuando se descubren dándote una supuesta oportunidad, etc., etc., etc., etc.

En fin, señor Rajoy, políticos de todos los colores y hombres del mundo con mentalidad retrógrada. Bájense del árbol, que hace trillones de siglos que el ser humano (los que tenían ovarios y los que tenían próstata) dejó los árboles para poner los pies en el suelo. Ejerzan el sentido común, porque decidan lo que decidan, nosotras, las mujeres, haremos lo que nos venga en gana. Les guste o no, les valga para ponerse una medalla o no.

Si quieren ejercer la ‘discriminación positiva’, conmigo no cuenten. Mientras esa palabra exista, yo me niego. Discriminen a sus madres, mujeres, hermanas, hijas, etc. Experimenten con ellas, pero dejen de joder.

sábado, 12 de enero de 2008

La lluvia

Ayer no paró de llover. Vaya viernes.-
Hay días que es mejor no levantarse de la cama.
Ayer fue uno de ellos: hubiese sido mejor ver llover desde casa, bajo la manta, un libro y Dolce.
Encontré por ahí esta canción que habla de la lluvia. De la lluvia en todos sus sentidos.
Tenía un compañero de facultad que decía que el fado de Madredeus y Dulce Pontes eran valiosos, pero en realidad "un auténtico coñazo".
Yo opinaba lo mismo.
Pero hoy me quedo con Lela, de Dulce Pontes. Es una canción gallega. Habrá que dedicárselo a los hijos de esa mágica tierra.
Serán cosas de la edad. Yo que sé.




Y para quien no conozca Madredeus (que serán pocos): Adoro Lisboa. Qué voz tiene Teresa Salgueiro, dios. Qué voz!


miércoles, 9 de enero de 2008

El día del Niño es el 9 de enero

No puedo decir que mi corazón sea para un solo hombre. Y cada vez que lo veo a él, me reafirmo en mi postura sin ningún rubor.

Como pasa con los grandes amores, lo admiro en muchas cosas y no lo entiendo en muchas otras. A pesar de su 1,80 metros, después de tantos años, sigo sintiendo el impulso inevitable de querer cuidarlo y protegerlo. Me parece bello, por dentro y por fuera. Un hombre con cara de niño que apuesta por lo que quiere, sensible al mundo y con una inevitable marca que yo también llevo: esa melancolía siempre inoportuna y momentánea, aderezada con el sinsentido del existencialismo pasajero. Le pasa porque es inteligente. Tanto que a veces se convierte en su arma de doble filo.

No lo doblegan los números ni las ciencias y a la vez tiene capacidad para las letras. Pero sobre todas las cosas, es un creador. Quiso conocer la música, y no necesitó de muchos maestros. Toca la guitarra con tiento y canta con la voz dulce de un enamorado sus obras. Quiso descubrir los entresijos de la informática y todavía no ha dejado de destripar y aprovechar esos secretos. Quiso apostar por su capacidad para el dibujo y ahora, por ahora, le saca rendimiento económico a su talento.

Es muy joven y todavía tiene mucho que andar. Pero, al hablar con él, te das cuenta de que el camino no le asusta. Lo emprende con ilusión, con pájaros en la cabeza, con ideas innovadoras constantes, con actitud emprendedora. A la vida le tiene el miedo justo y sabe apoyarse en quienes jamás le fallaremos, en sus incondicionales, haga lo que haga. Es sensible y detallista y sabe enamorase hasta las trancas. Todo un arte en el que pocos saben desenvolverse. En definitiva, es una buena persona (con todo lo que eso significa) aunque muchas veces su bondad le haya traicionado.

Así es hoy uno de los hombres de mi vida.

Hoy, 9 de enero, no puedo evitar recordarlo con todo el amor que soy capaz de profesar por una persona. Cuando él llegó al mundo yo sólo tenía cinco años. Pero su difícil nacimiento (casi se nos va al otro barrio con su madre) tuvo una recompensa para mí, o sea, una niña aún que no se enteraba de la misa la media. Su llegada, entonces, trajo ausencias importantes al hogar y yo aproveché para jugar a las cocinitas con una a tamaño real: la de casa. Alucinante para mi edad.

Después lo recuerdo diminuto, cagándose encima con una sonrisa de placer pero siempre estratégicamente: lo hacía cada vez que su madre salía de casa para hacer alguna tarea, entonces le tocaba limpiarlo a mi hermana mayor mientras yo me mantenía en un discreto segundo plano. Lo recuerdo comiendo interminables platos de lentejas con ahínco junto a su bloc de dibujo y su lápiz. Casi no llegaba a los cuatro años y llenaba páginas y páginas con muñequitos extraños que vivían en el papel una historia que él balbuceaba medio ausente y ninguno de nosotros entendíamos.

Lo recuerdo levantándose del sillón llorando al ver en la televisión algún tipo de maltrato animal (por muy ficción que fuese). Para él era insoportable. Lo recuerdo con sus crisis de ansiedad cuando le cambiaron a su profesora en el parvulario, a los cinco años, llamando a la puerta de mi clase, en el colegio, para pedirme por favor que lo llevase a casa porque se sentía mal. Lo recuerdo colgándose (literalmente) de mis trenzas por algún ataque de rabia que le diese camino a casa. Lo recuerdo acompañándolo en las reuniones de padres del colegio, haciendo yo de madre cuando yo todavía era una niña.

Lo recuerdo asustado mirándome pelearme a hostias con un amigo mío que se atrevió a ponerle la mano encima en una de nuestras tardes interminables en el parque. Todavía hoy lo veo en mis sueños, desvalido o amenazado, y aún siento la ansiedad de la madre protectora. Lo recuerdo en sus accidentes (siempre aparataosos) de niño inquieto, en sus travesuras, en desdichas mastodónticas que los dos intentábamos olvidar, en sus primeros amores, con sus amigos y sus enemigos, con sus éxitos y sus fracasos, con sus notas brillantes y su desgana en la Universidad…

Tengo muchos recuerdos, hoy me puse a recuperarlos con la inevitable sensación de que me faltan muchos fragmentos de su película. Menos mal que él siempre me la contará con su facilidad para narrar con detalles.

Hoy es el día de este hombre de 26 años que prefiere seguir siendo ‘el niño’, como todos lo seguimos identificando. Y yo no quiero regalarle nada para celebrar que nació hace hoy 26 años porque sabe que tiene lo que doy a muy pocas personas: mi amor incondicional y público.

Nadie que haya hablado conmigo más de diez minutos seguidos descubrirá nada nuevo en ese artículo que hoy me da la gana dedicarle y compartirlo a la vez.

Ésta es una descripción rápida y nunca meditada de uno de los hombres de mi vida. Cuando hablo de él todos dicen: "Eso es amor de hermana". Y yo siempre pienso: "Sí, uno de los más valiosos sentimientos del mundo".

El Lusitania y la cutrez

Tenía todos los elementos. Al menos para mí. Mi padre adora los trenes y llevo más de Mendoza en los genes que él serrín en los bolsillos. Será cuestión de genética, pero a mí me tiran más dos raíles que el reactor más rápido del mundo. Los paisajes por la ventanilla, la observación de los pasajeros del vagón, el vaivén que te mece para dormir y soñar, la parada en las estaciones perdidas, la llegada tranquila y sencilla al centro de las ciudades…

Con ese bagaje, el Lusitania estaba archivado en mi imaginario personal como un elemento imprescindible para un viaje romántico. Pero del romanticismo del siglo XIX, no el de los corazones rojos en San Valentín. Llevaba tiempo queriendo probar el que llaman el ‘tren-hotel’.

Ese en el que no viajas en un asiento, sino en una cama. Soñando con el destino que buscas mecido por la velocidad o viendo pasar rápidamente los paisajes convertidos en sombras tétricas por la noche.

Una escapada a Lisboa era el momento perfecto. Cuando compré el billete, el precio me hizo pensar que me iba a gustar. Era astronómico, pero valía la pena. Y llegó el día. Antes de entrar en el tren, una señorita melancólica, con la piel verdosa y ojeras indicó: “Habitación número 5, bienvenida”. “Habitación”, pensé con una sonrisa escondida… Encontraría un habitáculo pequeño, pero confortable. No lujoso, pero sí con detalles. Cálido… Adecuado.

Pero no. El habitáculo era un zulo. Más propio del secuestro que del viaje romántico. La expresión de la confortabilidad quedaba derrotada con un colchón que parecía haber sufrido el peso de cien gigantes durante larguísimos siglos, un lavabo metálico, diminuto y en esquina, y ningún espacio para dejar la maleta. La manta estaba raída, era áspera y lucía diminutas bolitas por doquier fruto de mil trotes de lavadora. No era cálido: la calefacción lo convertía en un espacio asfixiante. Eso sí, si la desconectas, te hielas. Y el vaivén era más bien los estertores de un terremoto insoportable aderezado con los porrazos del ‘vecino’.

Pero llegué a Lisboa de mañana. Y cuando bajé del Lusitania estuve a punto de comenzar a quejarme en silencio de la maldita elección. Pero, en un instante, mi derrotismo habitual quedó marginado por otro pensamiento con el que he decidido quedarme. Me di cuenta de que en el Lusitania aprendí una cosa muy importante: No hay objeto inerte en el mundo, por muy cutre que sea, que pueda estropear la alegría, la satisfacción y la emoción de una experiencia mil veces soñada.

martes, 8 de enero de 2008

La señorita Djinglay y el timo



Los redactores del periódico en el que trabajo firmamos con el correo electróncio todos nuestros artículos para que la gente comente nuestras informaciones, aporte puntos de vista, críticas, correcciones, agradecimientos y, por qué no, alguna noticia que otra. Pero el 'spam' sigue ganando la batalla a los lectores implicados en comentar las noticias.

Así que de vuelta de vacaciones (sí, el simulacro de felicidad de la Navidad ha terminado) dediqué un cuarto de hora de mi jornada laboral a darle al 'delete' sin parar. Directos a la papelera cientos de correos de remitentes extranjeros obsesionados con venderme viagra, ofrecerme pingües beneficios con trabajos delirantes e inexplicables y, sobre todo, ofertas para apostar en casinos virtuales...

Pero entre la mierda siempre se encuentra un diamante. Y éste que dejo aquí en cursiva brilló entre todo el 'spam' que invade el maldito correo electrónico del periódico. Esa redacción delicada, esa ortografía impecable, esa historia propia de una película de serie B para dormir en la sobremesa... La Señorita Djingaly me ha cautivado, lo confieso.

Aquí va:

Es para mí un placer y un honor de ponerse en contacto con usted.

Permita yo presentarme: soy Señorita Djingaly Graldine. Mi padre hacía un gran propietario de tierra antes de su muerte aquí a costa de marfil.

Después de explotación de una de esto en Kossou, tenemos de oro, que el gobierno tiene como desicion de comprar al premio de 1.800.000 euros (millones ochocien mil euro).

Esta suma fue en un banco del sitio en mi nombre o podré estar en posesión sólo cuando tendré 25 años porque actualmente tenga 19 años.

Mi padre fue muerte por su hermano que quería tener una parte de la venta del terreno.

También siendo menor, querría que usted me ayudara a trasladar esta suma sobre su cuenta y me ayudara a investirlo en su país. También ustedes serán el garantía de mis bienes. Después de la transferencia de los fondos sobre su cuenta vendré reunirles con el fin de perseguir mis estudios.

También soy buscada por mi tío porque lo quiere a mi vida a causa de mi herencia es necesario que este asunto guarde un carácter confidencial.

Saludos Sinceros.

Srt Djingaly Geraldine

Lo mejor de todo: ¡¡¡¡Saludos Sinceros!!!! ¿?¿?¿?
Si han leído el correo lacrimógeno, habrán llegado a la conclusión lógica: "¿Pero quién va a caer en ese timo?

Existen. Una vez escribí un artículo de cinco personas de Granada (abogados conocidos entre ellos) que estaban siendo procesados en los juzgados por contribuir con sus cuentas al blanqueo de dinero de mafias internacionales ofreciendo sus cuentas bancarias a cambio de un porcentaje de las transferencias.

Para fortuna del periodismo, la naturaleza humana nunca dejará de sorprendernos.

lunes, 7 de enero de 2008

Recicla más, consume menos



Los comerciantes de San Agustín no conocen el Ikea, ni falta que les hace. ¡Viva la era del reciclaje!

Detó



En la plaza de San Miguel bajo, 'la Encanna' dice tener de todo en su tiendecita. ¡Qué grande e el andalú!

Poesía gamberra



Fotos de un cajón
Rompen mi cabeza
Recuerdo su olor y se me pone tiesa
Me cuelgo de su pelo,
me engancho de su miel,
me encuentro con mi hada,
que esta loca también,
he vuelto a la andadas,
he vuelto a enloquecer.

VIVA LA POESÍA!

Los monstruos del Olimpia



Olimpia es cafetería, pastelería y heladería. Al menos eso dicen sus rótulos. Pero no es un lugar para soñar.

A las 13.30 horas de la tarde casi nadie toma café con tostada de tomate. Pero en los días libres, esos en los que mi amiga Dolce y yo pasamos del mundo, no hay nada mejor que un desayuno a deshora y tres periódicos por leer sobre la mesa. Esa es mi religión.

Yo intentaba deleitarme con mi momento de la semana y me afanaba en concentrarme en la realidad de papel, atendiendo a las elecciones norteamericanas, pasando por la crisis en Nairobi y saltando páginas con imágenes de Carla y ‘Sarco’ en Petra (hasta en Petra la tía va chic!). Pero aquella mujer no me dejaba.

Se me escapaba el ojo inquieto hacia el lugar donde estaba sentada. Bien vestida, con un llamativo reloj de marca en la muñeca, acurrucada como un pajarito sobre el palito de su jaula, con las manos entre las diminutas piernas cruzadas y frente una gran copa llena de anís. Miraba al vacío e intentaba mantenerse despierta.

Yo dejé la actualidad de la prensa para observarla descaradamente sin que ella se inmutase un ápice. Sus párpados, castigados por el insomnio, se cerraban despacio una y otra vez. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Como en un baile melancólico, se iba despidiendo con sus pestañas del mundo. Hasta que no volvió a abrirlos. Agachó la cabeza y se sumergió en un profundo sueño que le dibujó una sonrisa trágica en un rostro desfigurado por el maquillaje.

Mientras ella dormía, yo me puse a mirar por los ventanales del Olimpia. Mi pensamiento saltó de las huellas de su rostro a su copa de anís, de Bruni y Sarco a la pareja que se besaba en la acera de enfrente, del cielo encapotado a los aviones que lo cruzan, de los aviones que cruzan océanos a las tierras allende los mares, del frío que me helaba los pies al rayo de sol soñado…

Me encontraba con la cabeza echada hacia atrás, arrugando los ojos, como si de verdad un sol radiante me limpiase las penas y me tiznara las pecas cuando, de pronto, una voz masculina trajo el nubarrón que me arrancó del sueño privado. “Aquí no se duerme. ¿Te enteras? ¡A dormir, a otra parte!” Era la estridente voz de un camarero que cogía del brazo a la mujer que momentos antes me había hipnotizado. Ella intentaba dar una explicación absurda a su sueño con el balbuceo propio de los borrachos. Yo miraba la escena con los ojos como platos y las cejas desconcertadas.

En un instante el camarero se dio la vuelta y me miró desafiante. Recogí mis periódicos con una habilidad desconocida en mí, dejé unas monedas sobre la mesa, tomé el último sorbo de café apresurada y me levanté asustada con la vergüenza de los sobrios antes de que me espetase a mí también: “Señorita, aquí no se sueña. A soñar, a otra parte!”

sábado, 5 de enero de 2008

El remedio del 'batablanca'

Pensaba que me estaba muriendo. Tres días después de intentar ignorar los síntomas, sucumbí y bajé a mi droguería. O sea, a la farmacia.

-Hola, ¿qué desea? "Empezamos bien", pienso inevitablemente. –Hola. No puedo contestarle a eso, pero puedo relatarle los síntomas para ver qué remedio me puede dar.

El ‘batablanca’ me miró por encimas de sus gafitas y escuchó atento.

El gesto me hizo tragar saliva y rezar para que nadie entrase en el establecimiento más pulcro que conozco.

Dudé por un instante, pero me arranqué. Dicen que es mejor no callarse todo. Así que hice caso al saber popular por una vez.

-Mire… Me cuesta tragar, no me refiero a la comida (que también empiezo a dejar) sino incluso a la saliva, siento dolor en el pecho cuando respiro, ya sea hondo o rápido; me despierto en las noches con taquicardia; no puedo levantarme de la cama por las mañanas y me acuesto deseando un sueño plácido de años; subo las escaleras de casa a gatas porque mis rodillas se quejan; me tiemblan las manos hasta para pagar el pan; a veces siento un dolor punzante en el centro del estómago; tan pronto me río con la escena más absurda como me pongo a llorar por un gesto de cariño; se me nubla la vista cuando busco algo en el ordenador (sobre todo cuando me paso horas y no lo encuentro); tengo ataques de rabia cuando mis vecinos me dedican una sonrisa y de violencia cuando los hippies de la plaza me piden algo. Quiero salir corriendo, pero no puedo. No he felicitado el Año Nuevo a nadie y en Navidad huí del calor de hogar para perderme definitivamente en una ciudad conocida. Me asfixio en el trabajo (y no por el volumen de la calefacción) y me duelen las articulaciones al escribir en el teclado (aporrear más bien). Y lo peor (bajo la voz): últimamente aliño mis cocacolas de vez en cuando con algo que no es precisamente agua para desliarme el nudo del estómago. ¿Tiene algo eficaz contra esto? A ver si se me pasa…

Gracias a Dios no entró nadie para oír la retahíla. Pero el farmacéutico, contra todo pronóstico, sonrió, se colocó bien sus gafitas y entró al almacén. Salió triunfante con una cajita en la mano que sostenía en alto, a modo de símbolo victorioso.

–Tenga. Esto es lo único que creo que puede funcionar en su caso, dijo educadamente. Y no me pague, es un regalo de Reyes.

Me extrañó tanto que lo cogí rápido, cerré el puño, salí a la calle con una sonrisa ilusa para respirar aire fresco camino de ninguna parte y poder saciar mi curiosidad a solas.

Miré la cajita con avidez, esperanzada de haber encontrado el remedio perfecto. Ni siquiera tuve que abrirla para saber que no lo tengo. Las letras del color que más odio parpadeaban como un neón ante mis ojos ya cansados. Versaban: “Lentes de contacto de color rosa”.

miércoles, 2 de enero de 2008

2008, como siempre


Siempre, como siempre

Con los pies en el suelo

Y el grito en el cielo

Con el corazón encogido

Y la razón desencajada


Con la frente alta

Y los instintos más bajos

Con las manos calientes

Y el culo helado

Con la espalda ancha

Y la boca pequeña

Con la nariz exigente

Y el paladar bajuno

Con la mirada huidiza

Y el ojo avizor

Con manejo en los mapas

Y siempre perdida

Con pena

Y sin gloria

Sin nada…
Y con todo, vivo.

P.D.: Mis disculpas por la ñoñería. No volverá a ocurrir. Pronto regresaré con mi vista cansada pero hiperactiva para relatar la (mi) realidad más cáustica. Demasiado tiempo en silencio para soltar ahora una parida. ¿No? Sí. Pero así es.