domingo, 18 de noviembre de 2007

Mi amiga Dolce

Llevaba más de un año sin saber de ella. Esta mañana, mi amiga, ha llegado con su rostro amable justo cuando me dedicaba a ronronear debajo del edredón, relajada, sonriendo al sol que entraba por la ventana… Cuando vi que me visitaba, en este domingo extraño, me vino a la mente la cantidad de veces que su presencia me angustiaba… La recordé acompañándome cuando era una niña, en aquel espacio de juegos al que todos denominábamos “la calle”.

En aquellos veranos solitarios en los que la economía familiar no permitía cambiar el escenario de cemento y asfalto por arena y mar… Me acompañaba día y noche para no dejarme escapar de la rutina más aburrida… Yo la aceptaba como amiga, pero me agotaba. Hacía todos los esfuerzos para espantarla con algún invento en el que ella no pudiese participar.

Hoy, en nuestro reencuentro, me reprochó haberla dejado apartada de mi vida durante demasiado tiempo. Se quejó de mis continuas obligaciones personales y familiares, de mi insidiosa obsesión por llenar el tiempo con trabajo, con postgrados, con clases de inglés, con todo tipo de trabajos que me han mantenido alejada de ella durante demasiado tiempo.

Casi no me acordaba de su cara. Pero los amigos siempre vuelven. Y, los amigos, todo se perdonan. Hoy me arrepentí de haberla apartado de mi vida reciente. Nos abrazamos, nos tumbamos en nuestro sofá preferido y así pasamos todo el domingo.

No la he presentado. Se llama Dolce… Dolce fare niente

Mañana se va. La echaré de menos.

1 comentario:

fmop dijo...

Ya lo dijo el poeta, la única patria es la infancia y la palabra dada.