viernes, 16 de noviembre de 2007

Carlinhos Brown y la energía (Mis locos II)

Aún no era un sambero de masas. Llenaba teatros, no estadios. Aterrizó en Málaga en el año 1999 para presentar su segundo disco, Omelette Man. En aquel entonces, Mendoza era una aficionada al periodismo en trámites de licenciarse, que hacía crónicas de cultura para una revista sin apenas difusión. Pero este trabajo, además de mi primer sueldo, me daba un privilegio: tenía sitio reservado gratis en el palco de honor del teatro Cervantes de Málaga para asistir conciertos, obras, festivales… Lo que los periodistas llamamos acreditación.

Cuando las actuaciones terminaban, mi misión era colarme en los camerinos para conseguir mis imberbes entrevistas. A veces lo lograba, otras no. Así conocí a la señora Marisa Paredes, al paternal y locuaz Carlos Núñez, a la divertida y franca Beatriz Carvajal, a la impertinente y maleducada Elvira Lindo, al agotado Aute, al loco de remate y sobreactuado Juan Diego, al guapísimo y zalamero Eduardo Noriega… Y a muchos más. Yo tenía 22 años y el pelo cortado a lo ‘garçon’.

La llegada de Brown fue anunciada y las mentes clarividentes (nótese la ironía) de la revista decidieron que no nos interesaba una entrevista con él porque no era lo suficientemente conocido. Yo tenía pocas referencias suyas. Y lo había oído menos. Pero utilicé mi acreditación para colocarme en el palco de honor aquella noche de verano y disponerme a descubrirlo. Aunque no necesitase la entrevista…

Cuando Brown salió al escenario a pecho descubierto y rodeado con su cohorte de estrafalarios semidesnudos y sus tambores de samba algo se removió dentro de mí. Llegaron por sorpresa a mi pequeño palco la fuerza, la alegría, el optimismo, la humanidad y la hermandad a través de la música, que es sin duda uno de mis alimentos imprescindibles.

Carlinhos bailaba. Sonreía. Gritaba al público. Movía su frágil y a la vez contundente cuerpo para invitarnos a seguirlo en una danza delirante. Yo, desde mi palco, no logré mover un músculo. Era pequeño y solitario y la visión de descubrirme bailando sola no me seducía. Pero mi alma vibraba. Toda ella bailaba libre en las playas de Salvador de Bahía.

Sonreía y seguía el concierto fascinada… Hasta que algo alteró la normalidad. Carlinhos comenzó a dirigirse a mi palco. Miraba insistentemente. Señalaba hacia mi sitio. Me sonreía… ¿Es a mí?, pensaba yo. Imposible, concluía. Hasta que en un momento se subió a uno de los grandes altavoces del escenario para acercarse a mi altura y cantarme uno de los temas… Medio patio de butacas se preguntaba quién estaba allí sentado –muchos amigos me lo dijeron después- y yo comencé a entrar en un estado de nerviosismo, emoción y expectación supremos…

El concierto terminó. El patio de butacas pasó de ser un lugar de mentes alineadas a una gran fiesta de personas revueltas y liberadas por la música. Cuando me disponía a abandonar el lugar, entró en el palco el manager de Brown. “Carlinhos quiere conocerte. ¿Puedes acompañarme al camerino?”.

¿? Para tener 22 años estaba más verde que una lechuga. E inmediatamente pensé: “este me va a violar”. Lo confieso ahora. Pero como tengo brazos fuertes, dije: “de acuerdo”.

Entré en su camerino, repleto de fruta y maletas revueltas con ropa. Al fondo, se oía una ducha. Esperé sentada. Me temblaban hasta las pestañas. Y el temblor me atacó a mis tiernas meninges cuando Brown, alto, fibroso, moreno, racial, sereno, limpio y despejado atravesó una puerta vestido con una toalla que le cubría –poco- de cintura para abajo.

Me sonrió. Se colocó una raída camiseta –qué torso!!!- y para mi mayor estupefacción me dijo en un idioma entre el portugués y el castellano: “Hola. Sólo quería tenerte cerca. He visto tu energía. La desprendes. Tienes algo… ¿Puedo tocarte las manos?”.

Mi estupefacción fue tal que, absolutamente hipnotizada, le di mis manos. Las apretó, las acarició, cerró los ojos, respiró hondo y sonrió… Fueron dos segundos de silencio. Luego, tornó el gesto místico a amigable para comenzar una conversación natural sobre él y una servidora.

Me habló de sus santos, de Bahía, la ciudad a la que tiene que volver porque le da la vida, su forma de entender la música como una fiesta, sus amigos, su familia… Cuando le dije que era periodista, se sorprendió… Pero le dije que no se preocupara, que no quería hacerle una entrevista…

Hablamos durante un tiempo largo y nos despedimos con un cordial adiós y un piropo –suyo- imprescindible. Fue la mejor entrevista de mi vida.

Hoy me acordé de él porque irá próximamente a un evento en Málaga, mi ciudad natal, donde están invitados importantes personajes relacionados con el mundo blog e el uso de internet. Debates sobre la sociedad de la información y eso…

De repente me acordé de que en aquella prehistoria Carlinhos Brown aún no era un usuario activo de la web para mantenerse en contacto con sus fans; y yo no tenía ni correo electrónico.

Pasé meses siguiéndole el rastro. Fechas de conciertos, eventos, visitas… Me sentía absolutamente fascinada. Soñaba con Bahía y bailaba cada noche con un pareo como única vestimenta… Me hizo sentir especial y me hizo soñar. Soy así de fácil…

Y pasaron los años… Y mi experiencia mil veces contada es hoy una anécdota. Después de ocho años, con el pelo más largo y más crónicas de sucesos hechas que entrevistas a famosos, pienso hoy… “¿Por qué ha tardado internet en ser lo que es o por qué tardé yo tanto en descubrir su posibilidad de poner en contacto a personas imposibles de alcanzar? Siempre a destiempo, Mendoza… Siempre a destiempo...”

Aquel arranque de misticismo y extravagancia de Carlinhos me dio lo que más valoro: una historia. Tan bizarra que cuesta creerla. La que más me gusta contar.

Yo también tengo tendencia a la espiritualidad. Pero a veces, sólo a veces, con las manos mucho más frías y con el carácter cincelado a golpe de realidad, atribuyo una cáustica explicación a aquél extraño suceso: ""El exiguo vestido rojo de verano que llevaba en el concierto, unido a mi elevada posición con respecto al escenario, le facilitó a Brown la visión/intuición de otra energía. La mejor. La que tengo entre las piernas"".

P.D.: Es cierto. Este post es interminable. Pero pasa cuando tienes algo que contar. Va por ti, Paco.

3 comentarios:

Phranet dijo...

Menos mal que sólo te cogió la mano dos segundos, no quiero ni imaginar en lo que hubiera derivado este apunte si te llega a dar un beso.

MV dijo...

Tía!
Me has contado la anécdota mil veces, pero nunca la historia. Me he puesto taquicárdica... ¿Cuándo nos vamos a un concierto suyo?
Besos y disfruta el pescaíto!

Rocío Mendoza dijo...

Fran, creo que no estaba en la situación el ánimo de un beso. Eso es lo realmente extravagante. Y MV, ¿mil veces lo he contado? Qué pesada!! Supongo que ahora comprenderás mi histeria cuando tuve que mandar a un redactor a cubrir la rueda de prensa suya en Granada mientras yo, responsable de la sección, en verano, me quedaba atada a la silla... Pero en Málaga podría pillarlo... ejem ejem... ya veremos... ;-)