miércoles, 28 de noviembre de 2007

Caracteres

"La palabra es el espacio que hay entre dos personas".

Lo oí en el telediario anoche. En el espacio cultural que presenta el extraño Carlos del Amor (sí se llama así) en La 2. No miraba la tele, como siempre. Cuando volví la mirada para averiguar quién pronunciaba la frase, ya era tarde. Creo que hablaban de una exposición... ¿Alguien me ayuda?

sábado, 24 de noviembre de 2007

La pérdida

Tengo edad para haber lidiado con el sentimiento de pérdida en múltiples batallas. Y en todos estos años, él siempre me ha ganado la partida. Me asalta de forma irracional en las noches de insomnio, me ataca con golpes de realidad y a veces me presiona tanto que me paraliza y me impide ser valiente. Aún busco cuál es su táctica para intentar ganarle.

Esta semana me dio una puñalada trapera por la espalda. Aún me duele. El lunes de la semana pasada, el indeseable se metió en mi cabeza –y en mi corazón, por qué no- de la forma más inesperada. Por sorpresa, sin dar la cara. ¡Qué traidor!

Llegó en forma de llamada. Era la Jefatura de la Policía para informarme de algo que nunca hubiese querido escuchar. Mi amigo, mi fuente, mi lector, mi maestro en el difícil arte de la información de sucesos, mi compañero de gintonic, mi incansable interlocutor al teléfono, mi policía, mi Manolo se me ha muerto. Como diría Miguel Hernández, se me ha muerto como el rayo.

Él, Manolo Sanabria para todos, estaba en Madrid en un curso. Lo encontraron con el corazón literalmente roto en la habitación de su hotel. Yo estaba fuera de la ciudad y ni siquiera pude ir a su funeral. Aunque yo soy de las que llevan el luto por dentro, estar lejos le dio ventaja al maldito sentimiento de pérdida en este partido.

La última vez que hablé con él fue por teléfono. Él me dijo que tenía que contarme algo en lo que estaba trabajando y yo le prometí una visita a la oficina para tomar un café. Lo aplacé demasiados días. Y ahora ya no puedo hacer nada. Me arrepiento del reproche que le tengo por dentro y que nunca fui capaz de exponerle lo suficientemente claro.

Hasta con su muerte, mi Manolo –solía llamarlo así- me ha enseñado. Esta vez su lección no trata de utilizar los términos correctos en un texto. Le encantaba corregirme. Ahora me habla de otras cosas y así yo lo he entendido. No aplaces las cosas importantes, Rocío. No dejes de decir las cosas que necesites decir, Rocío. Intenta vivir, con todo lo que eso significa, antes de que sea tarde, Rocío.

Necesitaba escribirlo aquí. Ni sé por qué ni voy a pensarlo tanto. Y no me cuesta. Para el periódico, sin embargo, tuve que escribirle un obituario que reproduce mi compañero Paco en su web.

Nunca pensé que me costaría tanto armar esas pocas palabras que me golpeaban la vista con su realidad más dura y más injusta. De repente me encontré absurda: tan acostumbrada a relatar la muerte y tan frágil cuando me mira de frente.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Mi amiga Dolce

Llevaba más de un año sin saber de ella. Esta mañana, mi amiga, ha llegado con su rostro amable justo cuando me dedicaba a ronronear debajo del edredón, relajada, sonriendo al sol que entraba por la ventana… Cuando vi que me visitaba, en este domingo extraño, me vino a la mente la cantidad de veces que su presencia me angustiaba… La recordé acompañándome cuando era una niña, en aquel espacio de juegos al que todos denominábamos “la calle”.

En aquellos veranos solitarios en los que la economía familiar no permitía cambiar el escenario de cemento y asfalto por arena y mar… Me acompañaba día y noche para no dejarme escapar de la rutina más aburrida… Yo la aceptaba como amiga, pero me agotaba. Hacía todos los esfuerzos para espantarla con algún invento en el que ella no pudiese participar.

Hoy, en nuestro reencuentro, me reprochó haberla dejado apartada de mi vida durante demasiado tiempo. Se quejó de mis continuas obligaciones personales y familiares, de mi insidiosa obsesión por llenar el tiempo con trabajo, con postgrados, con clases de inglés, con todo tipo de trabajos que me han mantenido alejada de ella durante demasiado tiempo.

Casi no me acordaba de su cara. Pero los amigos siempre vuelven. Y, los amigos, todo se perdonan. Hoy me arrepentí de haberla apartado de mi vida reciente. Nos abrazamos, nos tumbamos en nuestro sofá preferido y así pasamos todo el domingo.

No la he presentado. Se llama Dolce… Dolce fare niente

Mañana se va. La echaré de menos.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Carlinhos Brown y la energía (Mis locos II)

Aún no era un sambero de masas. Llenaba teatros, no estadios. Aterrizó en Málaga en el año 1999 para presentar su segundo disco, Omelette Man. En aquel entonces, Mendoza era una aficionada al periodismo en trámites de licenciarse, que hacía crónicas de cultura para una revista sin apenas difusión. Pero este trabajo, además de mi primer sueldo, me daba un privilegio: tenía sitio reservado gratis en el palco de honor del teatro Cervantes de Málaga para asistir conciertos, obras, festivales… Lo que los periodistas llamamos acreditación.

Cuando las actuaciones terminaban, mi misión era colarme en los camerinos para conseguir mis imberbes entrevistas. A veces lo lograba, otras no. Así conocí a la señora Marisa Paredes, al paternal y locuaz Carlos Núñez, a la divertida y franca Beatriz Carvajal, a la impertinente y maleducada Elvira Lindo, al agotado Aute, al loco de remate y sobreactuado Juan Diego, al guapísimo y zalamero Eduardo Noriega… Y a muchos más. Yo tenía 22 años y el pelo cortado a lo ‘garçon’.

La llegada de Brown fue anunciada y las mentes clarividentes (nótese la ironía) de la revista decidieron que no nos interesaba una entrevista con él porque no era lo suficientemente conocido. Yo tenía pocas referencias suyas. Y lo había oído menos. Pero utilicé mi acreditación para colocarme en el palco de honor aquella noche de verano y disponerme a descubrirlo. Aunque no necesitase la entrevista…

Cuando Brown salió al escenario a pecho descubierto y rodeado con su cohorte de estrafalarios semidesnudos y sus tambores de samba algo se removió dentro de mí. Llegaron por sorpresa a mi pequeño palco la fuerza, la alegría, el optimismo, la humanidad y la hermandad a través de la música, que es sin duda uno de mis alimentos imprescindibles.

Carlinhos bailaba. Sonreía. Gritaba al público. Movía su frágil y a la vez contundente cuerpo para invitarnos a seguirlo en una danza delirante. Yo, desde mi palco, no logré mover un músculo. Era pequeño y solitario y la visión de descubrirme bailando sola no me seducía. Pero mi alma vibraba. Toda ella bailaba libre en las playas de Salvador de Bahía.

Sonreía y seguía el concierto fascinada… Hasta que algo alteró la normalidad. Carlinhos comenzó a dirigirse a mi palco. Miraba insistentemente. Señalaba hacia mi sitio. Me sonreía… ¿Es a mí?, pensaba yo. Imposible, concluía. Hasta que en un momento se subió a uno de los grandes altavoces del escenario para acercarse a mi altura y cantarme uno de los temas… Medio patio de butacas se preguntaba quién estaba allí sentado –muchos amigos me lo dijeron después- y yo comencé a entrar en un estado de nerviosismo, emoción y expectación supremos…

El concierto terminó. El patio de butacas pasó de ser un lugar de mentes alineadas a una gran fiesta de personas revueltas y liberadas por la música. Cuando me disponía a abandonar el lugar, entró en el palco el manager de Brown. “Carlinhos quiere conocerte. ¿Puedes acompañarme al camerino?”.

¿? Para tener 22 años estaba más verde que una lechuga. E inmediatamente pensé: “este me va a violar”. Lo confieso ahora. Pero como tengo brazos fuertes, dije: “de acuerdo”.

Entré en su camerino, repleto de fruta y maletas revueltas con ropa. Al fondo, se oía una ducha. Esperé sentada. Me temblaban hasta las pestañas. Y el temblor me atacó a mis tiernas meninges cuando Brown, alto, fibroso, moreno, racial, sereno, limpio y despejado atravesó una puerta vestido con una toalla que le cubría –poco- de cintura para abajo.

Me sonrió. Se colocó una raída camiseta –qué torso!!!- y para mi mayor estupefacción me dijo en un idioma entre el portugués y el castellano: “Hola. Sólo quería tenerte cerca. He visto tu energía. La desprendes. Tienes algo… ¿Puedo tocarte las manos?”.

Mi estupefacción fue tal que, absolutamente hipnotizada, le di mis manos. Las apretó, las acarició, cerró los ojos, respiró hondo y sonrió… Fueron dos segundos de silencio. Luego, tornó el gesto místico a amigable para comenzar una conversación natural sobre él y una servidora.

Me habló de sus santos, de Bahía, la ciudad a la que tiene que volver porque le da la vida, su forma de entender la música como una fiesta, sus amigos, su familia… Cuando le dije que era periodista, se sorprendió… Pero le dije que no se preocupara, que no quería hacerle una entrevista…

Hablamos durante un tiempo largo y nos despedimos con un cordial adiós y un piropo –suyo- imprescindible. Fue la mejor entrevista de mi vida.

Hoy me acordé de él porque irá próximamente a un evento en Málaga, mi ciudad natal, donde están invitados importantes personajes relacionados con el mundo blog e el uso de internet. Debates sobre la sociedad de la información y eso…

De repente me acordé de que en aquella prehistoria Carlinhos Brown aún no era un usuario activo de la web para mantenerse en contacto con sus fans; y yo no tenía ni correo electrónico.

Pasé meses siguiéndole el rastro. Fechas de conciertos, eventos, visitas… Me sentía absolutamente fascinada. Soñaba con Bahía y bailaba cada noche con un pareo como única vestimenta… Me hizo sentir especial y me hizo soñar. Soy así de fácil…

Y pasaron los años… Y mi experiencia mil veces contada es hoy una anécdota. Después de ocho años, con el pelo más largo y más crónicas de sucesos hechas que entrevistas a famosos, pienso hoy… “¿Por qué ha tardado internet en ser lo que es o por qué tardé yo tanto en descubrir su posibilidad de poner en contacto a personas imposibles de alcanzar? Siempre a destiempo, Mendoza… Siempre a destiempo...”

Aquel arranque de misticismo y extravagancia de Carlinhos me dio lo que más valoro: una historia. Tan bizarra que cuesta creerla. La que más me gusta contar.

Yo también tengo tendencia a la espiritualidad. Pero a veces, sólo a veces, con las manos mucho más frías y con el carácter cincelado a golpe de realidad, atribuyo una cáustica explicación a aquél extraño suceso: ""El exiguo vestido rojo de verano que llevaba en el concierto, unido a mi elevada posición con respecto al escenario, le facilitó a Brown la visión/intuición de otra energía. La mejor. La que tengo entre las piernas"".

P.D.: Es cierto. Este post es interminable. Pero pasa cuando tienes algo que contar. Va por ti, Paco.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Viva el cachondeo

He leído y escuchado miles de opiniones sobre el mejor momento de la historia reciente de la política internacional. Ese instante enervado y caliente en el que Don Juan Carlos, Rey de España, manda a callar a un bajuno Chávez en mitad de una cumbre internacional, como si el asunto fuese poco más que una timba de dominó, con copa y puro, a la hora de la siesta en un bar de carretera. Y casi todo el mundo coincide en sus opiniones: el Rey chochea, es un diplomático que tiene que saber guardar la compostura y no se puede poner a la altura de los que no saben qué es el respeto.

Yo también saco esa conclusión. Pero como el deporte internacional es el cachondeo, me sumo al carro. Y para eso tengo un blog.

Para llevar la contraria, como habitualmente, hoy me apetece ser políticamente muy incorrecta. Como el Rey. Hoy propongo rizar el rizo:

La frase memorable pasará a la historia: "¿Por qué no te callas?", dijiste querido Rey. Podrías haberlo aderezado para dejar el pabellón español bien alto con un par de tacos y contratacado con otro buen insulto: "¿Por qué no te callas de una puta vez, gilipollas?" Con el tono que se utilizó en la cumbre, yo creo que tampoco habría quedado tan fuera de lugar. ¿No? Eso sí que hubiese sido la bomba... Dí que sí, 'Juanca'. ¡Que tener sangre azul no quiere decir que sea de horchata!

Menuda clase dirigente. Dan ganas de emigrar de planeta.

Chávez ya ha dicho en los diarios de Caracas que "sólo dijo la verdad" y que se fue muy "contento, dando brincos" de la cumbre. ¿?

Y hay opiniones para todos los gustos. Y colores. Y desvaríos.

Rajoy y su panda de crispados también han dado ya otra 'buena' lección de clase. En vez de reconocer el mérito a Zapatero y colgarles una medalla por defender a su principal enemigo político para dar imagen de sensatez e integridad a la sociedad, atribuye el incidente a sus amistades peligrosas.

Para que luego digan que la información política es aburrida. Si le ponemos una nariz de plástico rojo y una peluca de colores a todos, montamos un circo y con el éxito que tendrían, la recaudación por la venta de entradas para ver el espectáculo solucionaría los problemas de pobreza del mundo.

Esto es un cachondeo, así que riámonos todos. Al final, como en otras tantas ocasiones, sólo queda la risa para sobrevivir a la mediocridad. Un blog, Cogiendo Caracoles, ha tomado la iniciativa y ha montado un concurso del mejor chiste audiovisual del tema. Ya hay propuestas, como ésta, la que ilustra este post, del blog peloton69.com.




martes, 6 de noviembre de 2007

La ofensa

"La memoria no es un instrumento del hombre, un siervo amable, un eficiente valet; más bien parece que el hombre fuera un lacayo de su memoria. Porque el hombre languidece, se distrae, se corrompe, pero su memoria permanece firme, a pie de obra, insobornable; de manera que mientras el hombre tropieza, o se enfría, o pierde sus dientes, o levanta murallas, o se disfraza, o devora a sus semejantes, ella permanece alerta, chupándolo todo, guardándolo todo, clasificándolo todo: cavando, cavando, cavando."
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"Ante las agresiones del mundo, el cuerpo se protege. Un bacilo activaría sus defensas; un chaparrón eriza el vello en brazos, nuca y piernas; un alimento envenenado afloja los esfínteres. Pero ¿y el horror? ¿Cómo reacciona el cuerpo de un hombre ante la presencia del horror? Grita, sí. Y hace que el corazón bombee más sangre, sí. O, por el contrario, paraliza sus músculos para no ser agredido. El espectro de respuestas que el horror genera en el cuerpo es amplísimo. El cuerpo sorprende entonces por su plasticidad. Hay cuerpos que se atenazan y cuerpos que se liberan; hay cuerpos que se arrastran y cuerpos que se elevan; hay cuerpos que interrogan y cuerpos que responden. ¿Pero puede un cuerpo dimitir de la realidad? ¿Puede un cuerpo, ante la agresión del mundo, ante la fealdad del mundo, ante el horror del mundo, sustraerse a sus funciones, negarse a seguir siendo cuerpo, suspender sus razones, abdicar de ser lo que es; esto es, abdicar de ser una máquina sensible? ¿Puede un cuerpo decir: "Basta, no quiero ir más allá, esto es demasiado para mí"? ¿Puede un cuerpo olvidarse de sí mismo?"

+ Las respuestas, en 'La Ofensa'. Un relato tan corto como sobrecogedor escrito por Ricardo Menéndez Salmón.

Una lectura más que recomendable.

En este caso... Gracias Amanda por este nuevo descubrimiento.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Una ventana


Otro lugar al que regresar con sólo abrir una ventana, no de la imaginación, sino del apartado cerebral del recuerdo.

Las cuatro paredes impuestas asfixian. Pero mis viajes me permiten evadirme...
Es una imagen robada a un día otoñal en la playa de Santa Justa. En Cantabria.

Mientras recuerdo llega inevitable una banda sonora. 'Sur le fil' ('En el alambre', algo así como en la cuerda floja) de Yann Tiersen. Aquí dejo una interpretación especial del maestro del violín electrónico.



Compartiría otro aderezo del recuerdo imprescindible en la escena... Ese olor a mar... Pero es imposible.


Nadie dijo que internet fuese perfecto.