domingo, 7 de octubre de 2007

Silencio, por favor

En el verano del año 2005 mi cómplice se ocupó de sorprenderme. Y lo hizo. Destino anual: la isla de San Miguel. El único archipiélago de la Tierra con un anticiclón propio, aislado allá en el Atlántico, nos sorprendió a ambos. Azores. Aquella isla lejana encabeza nuestra lista de grandes descubrimientos.

San Miguel tiene una capital con varias decenas de edificios de baja altura, un par de hoteles fuera de lugar, tres calles y un ingente malecón. Todo lo que merece verse en la isla está más allá de este proyecto de ciudad. Sus dos autovías la cruzan de norte a sur y de este a oeste para llevarte a estos lugares.

Hay muchos. Praderas propias de Escocia, playas casi caribeñas, terruños volcánicos y agrestes, trozos de selva con cascadas que forman piscinas naturales, lagos y, sobre todo, hortensias que crecen de forma salvaje en cualquier esquina. No recuerdo nada que no me gustase. Pero existe un retal de aquel espacio que guardo en la neurona de un modo especial…

Uno de los días, Miguelito (así bautizamos al minúsculo coche que alquilamos) avanzaba por una estrecha carretera que nos dirigía a Furnas. Un pueblo con cráteres humeantes en los que los lugareños cocinan un cocido delicioso.

Antes de llegar, divisamos a la izquierda un enorme lago, solitario y manso, presidido por dos edificaciones. Una vivienda abandonada de color rosado y una capilla de estilo Neogótico que bien podría albergar la tumba del conde Drácula.

Ambas miran a la quietud del lago, que sólo alteraba algún pez nervioso. Pasamos un buen rato intentando descifrar aquello, mientras disfrutábamos del enclave surrealista antes de dirigirnos hacia el festín volcánico.

La guía nos sacó de la ignorancia y confirmó una vez más que, en Azores, todo tiene su historia. Este espacio que parecía congelado en el tiempo también la tenía. El edificio siniestro rodeado deuna vegetación incontrolada en la más absoluta de la soledad es la capilla de Nossa Senhora das Victórias. Fue erigida con motivo de un voto religioso realizado por José do Canto (1820-1898) como consecuencia de una enfermedad de su esposa.

Su fe no los salvó. Hoy, el edificio sirve de panteón para los cuerpos de la pareja. Ambos reposan mirando a la belleza del lago quieto para la eternidad.

De los viajes siempre me traigo lo mismo. Escenarios que rescato en la memoria para visualizarlos y regresar a ellos cuando quiera. Siempre que necesito silencio, exterior e interior, recuerdo aquél lugar.

5 comentarios:

Paco dijo...

Hmm.. el cocido ese tiene una pinta magnífica.. ¡¡sobre todo a estas horas!! Me apunto las Azores como posible destino en el futuro..

Rocío Mendoza dijo...

Es un destino muy barato y aún no está explotado por el turismo de masas. Apúntatelo!

clau-claudio dijo...

Doy fe de que es un gran destino, con silencio incluido, entre otras cosas.

fmop dijo...

Alguien me quiere llevar allí porque está cerca y se puede ir un fin de semana. Tiene buena pinta.

Rocío Mendoza dijo...

Yo creo que merece la pena. Si te quieren llevar, déjate llevar...