miércoles, 3 de octubre de 2007

La belleza y la dictadura

Mi colega Javier Barrera me ha dedicado un vídeo en el último post de su blog. Desconozco por qué. No sé si se debe a que la niña que introduce el vídeo bien podría ser la hija que no tengo o si ha recordado alguna de mis tesis sobre la dictadura de las tallas, las modas y la belleza. Siendo fiel a mis desvaríos, prefiero pensar que se debe a que me ha leído la mente.

No he hablado con él, pero el tema del que habla el vídeo (si no lo ven, no entenderán este post) lleva rondándome una semana. En los últimos días, el virus que protagoniza la entrada anterior, no me ha permitido más que consultar (poco) el correo, mirar (poco) los blogs de mis amigos, leer (menos aún) libros pendientes y ver (demasiada) televisión. Yo no veo la tele habitualmente más allá de informativos o algún programa concreto. No por esnobismo, sino porque me aburre.

Pero esta semana he tenido la oportunidad (más bien la desgracia) de ahogarme el mundo de la caja tonta. Realmente, ha dejado mi cabeza más embotada de lo que ya la tengo.

No recuerdo nada concreto. Quizá por el exceso de imágenes consumidas bajo los efectos de las drogas. Pero después de decenas de anuncios, programas, consejos en boca de sonrientes y acartonados americanos, vídeos musicales y demás basura tengo rondando allá por el hipotálamo una idea que, después de un día de absentismo televisivo, he podido identificar con estupor. Es: “¿Soy un monstruo deforme?”.

Es la sensación que te queda tras una retahíla indecente de ideas tales como: Come cereales ‘espechalká’ (y nada más, supongo) para poder meterte en los vaqueros de tu hija, ingiere los yogures con no sé qué ‘bífidus’ para que tu barriga sea tan plana como la insulsa que te los vende, tu pelo debe ser radiante y sedoso y por supuesto de algún color artificial, tus ojeras ya no te hacen interesante, ni se te ocurra olvidarte de blanquear tus dientes y mucho menos de pasarte por el cirujano para que te retoque y la gente te sonría por la calle y te valoren por tus nuevas tetas en tu trabajo porque, ahora sí que sí, te sentirás más segura de ti misma. Y todos estos malditos anuncios, y un sinfín más, siempre están presididos por cuerpos tan perfectos que gritan: “SI NO COMPRAS EL PRODUCTO, NUNCA SERÁS COMO YO”.

En algunos de ellos, esqueletos envueltos por algo de carne se permiten el lujo de subirse a una báscula y fruncir el entrecejo porque le sobra algún kilo mientras intentan mostrar un 'michelín' inexistente. No me extraña que haya tiendas en las que las dependientas se sientan autorizadas para mirarte de arriba abajo y decirte sin pudor y con desprecio: “Para ti aquí no hay nada”. Luego esta sociedad hipócrita se escandaliza porque una marca de ropa muestre a una modelo anoréxica en su campaña publicitaria.

Todos somos víctimas de un bombardeo mediático que acaba haciéndonos pensar que no somos como deberíamos. Es una forma más de dictadura.

No pensaba contarlo aquí, pero en realidad es algo público. Al menos, lo es para quienes me conocen. Hace unos años, perdí 30 kilos (29 para ser exactos) a base de comida sana (hipocalórica, más bien), privaciones de todo tipo durante casi dos años y voluntad. Mis rodillas no aguantaban mi peligroso camino hacia la obesidad. No me sentía bien. Y decidí poner remedio.

Cuando ya llegué a un estado en el que mis pérdidas habían sobrepasado lo estipulado por el médico, me di cuenta de una de las cosas que sí que me entristecen y me cansan: nunca en mi vida había recibido tantas felicitaciones ni tantas muestras de aprobación ni tantas sonrisas ni tantos halagos por algo que yo hubiese hecho. Y lejos de ser una persona extraordinaria, sé que en mi vida he tenido logros más importantes que aquél.

Ahora que he regresado a la ‘pseudonormalidad’ en mis formas (hay placeres a los que nunca debí haber renunciado) debería comprobar empíricamente si una de las pocas conclusiones que saqué de aquél periodo es cierta. Era: “Si me hubiesen premiado algún trabajo no me hubiesen felicitado tanto”.

P.D.: El post vuelve a ser demasiado largo, como siempre. Excúsenme, llevaba demasiado tiempo sin escribir. Seguro que si lo han leído quedaron tan agotados como yo. Regreso a mi retiro. Pero volveré. La ilustración es una obra de Rosetti. Y ésta va por el Pérez.

7 comentarios:

J.J. Pérez dijo...

Creo que Javi te recomendaría para el empacho de televisión la TeleTienda. Afortunadamente ya hay canales temáticos sólo de teletienda.

Peter Parker dijo...

A algunos nos martirizan por estar delgados. Yo no paro de recibir reprobaciones por mi extrema delgadez. Nunca he dejado de comer, es más, me he permitido todos los caprichos del mundo pero no engordo y no puedo hacer nada. Al final, que digan lo que quieran. Soy feliz así y punto.

Rocío Mendoza dijo...

Si, Peter, suponía que tú eras de esos odiosos... Jejeje!
¿Soy feliz así y punto? Te veo en plan ZEN últimamente... Me alegro.
Yo digo lo mismo. "Al que no le guste que no mire".

Phranet dijo...

La belleza está en los ojos que la mira. Lo demás son modas pasajeras, o si no, pregúntale a Botticelli que entendía él por la belleza femenina.

Pe Leona dijo...

Perder 30 kilos cuando eres una curranta nata ocupada en cien cosas y víctima de mil tensiones (no eres precisamente de esas cuya única tarea es la de estar monas)es una prueba de sensatez (si es por salud) y fuerza de voluntad que te honra y debe felicitarse.

Tanto como la labor diaria que haces en IDEAL (siempre he dicho que lucirse en sucesos es complicadísimo y tú los conviertes en arte) o esta blog imprescindible .

Un abrazo. Me da igual lo que peses mientras estés bien, contenta y llena de duende.

Rocío Mendoza dijo...

Vuelvo a estar contenta y bien, Pe Leona. Muchas gracias por tus palabras. Tanto halago me abruma, pero es de bien nacido ser agradecido... ;-) Un beso.

clau-claudio dijo...

Pues yo siempre te he visto estupenda y no pondría ni en el 'top ten' de tus éxitos el temita. Máxime, habiendo tanto de donde elegir.