domingo, 9 de septiembre de 2007

Existencialismo inalámbrico

El primer día que llegó a casa se mostró alegre y diligente. Encontró sin complicaciones su lugar en el entorno. Mostraba siempre su faz iluminada de saber que cubriría un hueco importante en el hogar.

Pasó un tiempo sin que recibiese ningún reproche. Y todos los días cumplía con el cometido de su vida sin dar tampoco ninguna queja. En tres años, había llevado al hogar historias en voces conocidas, reencuentros con voces olvidadas, el día a día en voces cotidianas, burocracia en voces automáticas, sentimientos nerviosos en voces nuevas, complicidad nocturna en voces añoradas…

Tenía cubierta sus necesidades básicas. Cumplía diligentemente con las tareas que le correspondían. A cambio, estaba bien alimentado, tenía un espacio propio donde permanecer, contaba con un canal con el que estar siempre comunicado e, incluso, recibía un baño gratificante cuando empezaba a cambiar de color… Lo tenía todo. Al menos, eso creía yo.

Pasaba muchas horas en una soledad absoluta. Y últimamente, casi no hablaba. Yo tampoco le daba conversación. Pero pensé que, como todos, había aprendido a acostumbrarse.

Hace unos días lo noté apagado, más gris de lo que ya era habitualmente… Lo cogí para pedirle que me trajese una historia en una voz conocida, pero no me contestó. Me aproximé a su faz para observar el motivo de su repentino desmayo, mientras tocaba su pequeño cuerpo intentando reanimarlo. Cuando me afanaba en averiguar por qué no me respondía, me percaté de que había dejado un mensaje de despedida para justificar su decisión de desconectarse de la realidad que le tocó vivir. “BUSCANDO”, advertían unas letras frías y parpadeantes en su pequeña pantalla.

En la tienda donde lo adquirí no me advirtieron de que el teléfono inalámbrico podía sufrir crisis existenciales. Espero que la supere pronto. No pienso sustituirlo por otro.

2 comentarios:

clau-claudio dijo...

Ok. Mientras tanto te escribiré cartas a la antigua usanza. Ya sabes, sellos, bolis, sobres, y remites ingeniosos.
Hasta que se mejore el tlf, por supuesto.

Iván dijo...

Es curioso que sin darnos cuenta nos hemos convertido en dependientes de este aparato, podría decirse que somos celudependientes o móvildependientes; y aún más curioso es el sentimiento que expresamos cuando lo tenemos a nuestro lado (quisieramos desaparecerlo y que dejará de sonar, es decir, no estar atados a él) pero cuando no lo tenemos cerca por un olvido o como en tu caso, un desafortunado accidente, deseamos que pronto regrese y nos ataque con sus latosos pero ansiados timbrazos.

Uno más de los misterios de la telecomunicación y sus avances.

Te paso la dirección de un blog que estoy construyendo, espero que lo visites. http://palabrasfugaces.blogspot.com