sábado, 1 de septiembre de 2007

El hombre sin nombre (Mis locos-I)

La primera vez que lo vi me asusté. Yo intentaba disimular delante del ordenador que llevaba dos horas soñando despierta en aquella oficina gris no apta para periodistas. El almuerzo vegetariano que nos obligaban a tomar pesaba más en mi estómago que una vaca con pezuñas incluidas. Así que, con aquella visión, no pude más que pensar que mi cerebro me estaba volviendo a traicionar.

Bajaba las escaleras que conducían a la redacción flotando sobre unos pies descalzos, envuelto en una ropa que no apretaba ni uno solo de sus músculos, tan blanca como la cara que se me quedó. Tenía la piel morena de un agricultor. Pero el sol se había instalado en su cuerpo sin acritud: no lo había castigado. La frente ancha, serenidad en una expresión equilibrada y un pelo largo más blanco aún que mi cara y su ropa. Y en el centro de todo, unos ojos celestes irreales. No era ni joven ni viejo. Ni guapo ni feo.

Al verlo avanzar, lo fotografié un instante, lo procesé en mi cerebro y lo identifiqué: Era idéntico, abrumadoramente parecido, a una de esas representaciones setenteras de extraterrestres que pululan entre los documentos ‘frikis’ del fenómeno OVNI. Y no exagero. Esta vez, no.

Justo cuando me preparaba a vivir una experiencia paranormal, vi que saludó sin palabras a Esmeralda, nuestra secretaria (una brillante fotógrafa). Entonces deseché aquella idea absurda. También la otra más realista: no se trataba de un loco que se había colado en la empresa. ¿Lo conocían? ¿Era yo la única alucinada? Sí, como siempre.

Avanzó despacio, etéreo, sobrenatural por las desordenadas mesas de los redactores hasta que entró sin llamar al despacho del director. Suficiente para deducir que era un amigo suyo.

Y así regresó muchos días. Silencioso, siempre descalzo, equilibrado y con alguna sonrisa nunca exagerada. No miraba a casi nadie y nunca le oí hablar. Alguna vez, mientras me afanaba en escribir correctamente sobre absurdeces, se me erizó la piel al sentir que me miraba y comprobarlo después.

No tuve más remedio que preguntar. No soy cotilla, pero la curiosidad me ha matado más veces que vidas tengo.

Pude saber por los demás que este hombre al que no le hacía falta un nombre para identificarse, había sido hacía años un ejecutivo adinerado, encumbrado en la élite de las empresas que abandonó su vida para volver al origen. Vivía sin nada, casi sin nada, en una casa minúscula sin luz eléctrica. Sobrevivía en aquel pueblo malagueño de lo que la tierra y la naturaleza le daban. Además, decía estar en paz. Algunos aventuraban sobre el motivo del cambio radical y hablaban de una experiencia traumática… De un delito que le obligó a abandonar todo… Pero la mayoría afirmaba que vivió una epifanía… Yo aposté por otra con mi típico carácter cáustico: “Sencillamente es un snob”.

Y pasaron muchos días. Tantos como veces el hombre sin nombre paseó por la oficina como el fantasma del castillo al que los dueños están acostumbrados. Hasta 365 exactamente.

Cuando mi marcha fue anunciada oficialmente en aquel experimento de revista sobre Ecología, al día siguiente mi compañera me señaló con media sonrisa al teclado del ordenador. Allí encontré colocada entre las teclas una pequeñísima nota escrita en un papelito mal cortado, y por supuesto reciclado, que decía con una letra temblorosa que me pareció de un niño: “Esto no será lo mismo sin tu luz”.

Nunca volví a verlo.

Hoy me acordé de él porque volví a gritar una de mis frases más repetidas últimamente: “¡¡¡¡¡¡Me voy a ir a criar lechugas frente al mar y no voy a volver!!!!!!”.

Cuando pronuncio la dichosa frase, el hombre sin nombre me viene a la cabeza. Entonces me doy cuenta de que en el fondo lo admiraba… Los locos siempre nos reconocemos.

3 comentarios:

Comunicación organizacional dijo...

Mi querida Rocío, no sé por qué extraña razón lograste que las lagrimas se asomaran en mis ojos y me sintiera muy conmovido con este texto, gracias Rocío por compartir un poco de la locura de tu mundo. Una hermosa locura.

Juanjo dijo...

Si es que hay ciertas luces que vemos hasta en plutón. Y hay otras que sólo véis los que lleváis cámaras en la mirada.
¡Vivan las lechugas!

Rocío Mendoza dijo...

Gracias a ti, Iván, por leerme con tan buenos ojos. Yo también me conmoví con aquella notita que todavía guardo. Ya sabes... tendencia enfermiza a archivar de todo. :-)
Un abrazo para México lindo.