sábado, 29 de septiembre de 2007

El virus, ese gran desconocido

Doctor: - Siéntese. ¿Qué le pasa?
La (im) paciente: - Llevo tres días con fiebre. Estoy agotada y me arrastro de la cama al sofá.


Doctor: - ¿Le duele algo?
La (im) paciente: - Nada. Nada físico, claro.


Doctor: - ¿Vómitos, diarrea, dolor de garganta?
La (im) paciente: - No. Nada de eso. Por eso vengo, para que me digan por qué tengo esta fiebre sin motivo aparente.


Doctor: - Pues hasta que no pase una semana con fiebre no creo conveniente hacer pruebas.
La (im) paciente: - ¿?


Doctor: - Será un virus. Sí. Está incubando un virus y su cuerpo reacciona así.
La (im) paciente: - ¿Y?


Doctor: - Tome paracetamol para intentar bajar la fiebre.
La (im) paciente: Sí, eso ya lo sé. Mis conocimientos de medicina llegan para eso. Pero mi cuerpo parece que se ríe del paracetamol. ¿Nada más?


Doctor: Ya está.
La (im) paciente: Adiós.



P. D.: Siempre pico. No sé por qué no me estoy quieta en casa hasta que el presunto virus decida desistir… Hasta que no me esté muriendo prometo no volver a una consulta médica. Cuando no saben qué decir sacan a la palestra al siempre vistoso virus… Menos mal que no le echó la culpa a los nervios (otro de los clásico socorridos) si no lo estrangulo con el estetoscopio allí mismo.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Macaco-sideral

Esta canción me gusta. Pero el concierto del sábado en el Festival Rock del Zaidín, decepcionó un poco. Estaban más flojos que los porros que se fumaba el personal presente. Vaya Eau d'hachís!!

domingo, 9 de septiembre de 2007

Existencialismo inalámbrico

El primer día que llegó a casa se mostró alegre y diligente. Encontró sin complicaciones su lugar en el entorno. Mostraba siempre su faz iluminada de saber que cubriría un hueco importante en el hogar.

Pasó un tiempo sin que recibiese ningún reproche. Y todos los días cumplía con el cometido de su vida sin dar tampoco ninguna queja. En tres años, había llevado al hogar historias en voces conocidas, reencuentros con voces olvidadas, el día a día en voces cotidianas, burocracia en voces automáticas, sentimientos nerviosos en voces nuevas, complicidad nocturna en voces añoradas…

Tenía cubierta sus necesidades básicas. Cumplía diligentemente con las tareas que le correspondían. A cambio, estaba bien alimentado, tenía un espacio propio donde permanecer, contaba con un canal con el que estar siempre comunicado e, incluso, recibía un baño gratificante cuando empezaba a cambiar de color… Lo tenía todo. Al menos, eso creía yo.

Pasaba muchas horas en una soledad absoluta. Y últimamente, casi no hablaba. Yo tampoco le daba conversación. Pero pensé que, como todos, había aprendido a acostumbrarse.

Hace unos días lo noté apagado, más gris de lo que ya era habitualmente… Lo cogí para pedirle que me trajese una historia en una voz conocida, pero no me contestó. Me aproximé a su faz para observar el motivo de su repentino desmayo, mientras tocaba su pequeño cuerpo intentando reanimarlo. Cuando me afanaba en averiguar por qué no me respondía, me percaté de que había dejado un mensaje de despedida para justificar su decisión de desconectarse de la realidad que le tocó vivir. “BUSCANDO”, advertían unas letras frías y parpadeantes en su pequeña pantalla.

En la tienda donde lo adquirí no me advirtieron de que el teléfono inalámbrico podía sufrir crisis existenciales. Espero que la supere pronto. No pienso sustituirlo por otro.

jueves, 6 de septiembre de 2007

El cerebro es un (recontra) cabrón

Vida número 1.- Sentada, en el suelo del largo pasillo de una casa. Hablo sobre algo con alguien importante. La conversación se acalora, las contradicciones aparecen, tengo ganas de golpear a mi interlocutor y finalmente lo hago. Cuando la discusión alcanza un volumen de gritos y violencia insoportables, alguien comienza a tocar el timbre de una puerta que yo no veo. Lo hace insistentemente. Una y otra vez. El sonido del timbre es tan alto que casi supera mis gritos de desesperación… Me reprochan algo que no hice y eso no me gusta. Yo sigo gritando. Y el timbre sonando...

Y el tiembre sonando. Hasta que me percato de él porque me ensordece y paro en mi absurda lucha… Pero no me levanto a abrir la puerta.

Vida número 2.- En el periódico. Sentada frente al ordenador en una mesa desordenada. Con miles de papeles que me agobian. Es un día extraño, cargado de electricidad, húmedo, triste, gris… Todo es pesado. Tengo que escribir una historia y soy incapaz de avanzar. Mi cabeza está dispersa, tecleo, tecleo y no avanzo… La gente empieza a marcharse. Las luces se apagan. Me quedo sola. Mi jefe se pone a mi lado para observar lo que hago. Y me exige que termine. El tiempo avanza y yo me siento a dos revoluciones por minuto… La hora de cierre llega y yo no terminé mi historia. Me siento culpable. Entonces el teléfono de la mesa de trabajo comienza a sonar, pero yo sigo escribiendo y borrando lo que escribo… Y el teléfono sonando...

Y el teléfono sonando. Hasta que me percato de él porque me ensordece y paro en mi absurda lucha… Pero no lo descuelgo para contestar.

Vida número 3.- Es una ciudad demasiado oscura para que yo pueda caminar tranquila por ella. Ha llovido y meto el pie en un charco al bajar de un autobús que me dio miedo. No pude pagar el billete y el conductor quería llamar a la Policía. Escapo a tiempo. Camino por la calle asustada. Hasta que algo comienza a deshacerse en mi boca… Mi dentadura se ha desintegrado y noto los trozos de dientes en mi lengua… Lloro con desesperación y emprendo una carrera más ágil que la de un atleta… Busco un dentista. Encuentro una casa que me resulta familiar y comienzo a tocar en el portero electrónico… Y toco el timbre. Y nadie contesta. Lo pulso con necesidad y ahínco. Una y otra vez. Y el timbre sonando...

Y el tiembre sonando. Hasta que me percato de él porque me ensordece y paro en mi absurda lucha… Porque sé que nadie me abrirá la puerta.

Vida número 4.- Subo al ascensor. Voy al último piso del rascacielos. Pero los números no están en orden. No sé qué botón pulsar. Voy probando. Uno, otro, con incertidumbre… Entonces el ascensor no va ni para arriba ni para abajo. Se mueve hacia un lado. Siento el terror de estar encerrada y sola en un espacio que se ha vuelto loco y no me obedece. Entonces, el ascensor empieza a elevarse, pero demasiado rápido… A una velocidad de vértigo, pasa todos los números posibles de la lista de pisos… Y empiezo a tocar la alarma para que alguien me salve de salir volando por el tejado del edificio. Y pulso la alarma una y otra vez.

Y la pulso. Hasta que me percato de ella porque me ensordece y desisto. Porque sé que es inevitable que salga volando.

…Y así hasta miles de vidas. Mi despertador ha vivido más vidas en mis sueños que las que tuvo Buda. Siempre que me percato de que el timbre me ensordece, me despierto. Entonces sonrío con los ojos aún pegados de sueño de ver que, en realidad, los timbres, el teléfono y la alarma eran la infernal llamada del pobre despertador que intenta hacer su trabajo lo mejor posible y sacarme de la cama a tiempo.


No deja de sorprenderme la capacidad que tiene el (recontra) cabrón de mi cerebro para integrar en mis sueños los estímulos externos.

¿Existe algún método para evitar eso? Así no hay quien madrugue…


lunes, 3 de septiembre de 2007

Lectura recomendada



No es el estilo de este espacio. Pero no me pude resistir a incluir este artículo que encontré en uno de los blogs de elmundo.es.

Aquí un extracto:

"Tenemos un problema gravísimo que es el clima. Invertir contra el cambio climático es invertir en futuro. Es estudiar duro durante 15 años para acabar con un título de prestigio que permite a los que lo obtienen, mujeres y hombres, optar por una vida creativa, haciendo leyes o haciendo ciencia, creando empresas o pintando cuadros, innovando en el diseño arquitectónico o en la nano-tecnología, educando personalmente en el arte de la belleza a sus hijos, dejando un mundo distinto al que ellos encontraron, siendo, en fin, seres humanos y no meras máquinas termodinámicas dedicadas, quizás frustradamente, a la reproducción.

Mientras el estudiante estudia, no genera beneficios. Pero luego puede llegar a la cima de la creación. Mientras invertimos en cambio climático el beneficio queda siempre lejos. Pero el mundo en el que invertimos es mil veces mejor que el actual.

Es la familia a los 20 años y el aburrimiento de los 25 a los 75, o la oportunidad de una vida plena, siempre distinta, siempre esforzada, una vida en busca de la verdad y la belleza desde los 30 a los 80.

Agarrarse al carbono es como casarse a los 20: Beneficio hoy y malvivir mañana. ¿Cuidamos nuestro clima?"

Y digo yo: ¿Cuidamos la forma en la que concebimos, emprendemos y vivimos nuestras vidas? ¡¡Cuánta inquietud en tan pocas palabras!!

domingo, 2 de septiembre de 2007

¡¡Mon dieu!!


La publicidad de los legendarios cigarrillos Gitanes no deja indiferente.

La ex ministra de Sanidad, Elena Salgado, habría obligado por decreto a colocar una segunda parte a este eslogan. Se me ocurre, por ejemplo: "... parce qu'il est immortel"

Lo cierto es que la frase resulta de la reinvención de una letra del cantante francés Serge Gainsbourg que decía:

Dieu est un fumeur de havanes
Je vois ses nuages gris
Je sais qu'il fume même la nuit
Comme moi ma chérie

Tu n'es qu'un fumeur de gitanes
Je vois tes volutes bleues
Me faire parfois venir les larmes aux yeux
Tu es mon maître après Dieu

(y sigue...)

La cantaba con Catherine Deneuve a dúo. Aquí una actuación 'pathétique', no apta para quienes tienen alto el nivel de glucosa en sangre (a mí ya me ha dado un 'chungo' al verlo y creo mis oídos nunca me lo perdonarán).

Lo que no acierto a desvelar es qué hacía esta especie de ¿escultura publicitaria? en los alrededores de las instalaciones de las cuevas de El Soplao (gracias, Verónica, por recomendarnos la visita), mirando a la cordillera cantábrica.

Se le ocurriría colocarla allí a algún 'fumao'...

sábado, 1 de septiembre de 2007

El hombre sin nombre (Mis locos-I)

La primera vez que lo vi me asusté. Yo intentaba disimular delante del ordenador que llevaba dos horas soñando despierta en aquella oficina gris no apta para periodistas. El almuerzo vegetariano que nos obligaban a tomar pesaba más en mi estómago que una vaca con pezuñas incluidas. Así que, con aquella visión, no pude más que pensar que mi cerebro me estaba volviendo a traicionar.

Bajaba las escaleras que conducían a la redacción flotando sobre unos pies descalzos, envuelto en una ropa que no apretaba ni uno solo de sus músculos, tan blanca como la cara que se me quedó. Tenía la piel morena de un agricultor. Pero el sol se había instalado en su cuerpo sin acritud: no lo había castigado. La frente ancha, serenidad en una expresión equilibrada y un pelo largo más blanco aún que mi cara y su ropa. Y en el centro de todo, unos ojos celestes irreales. No era ni joven ni viejo. Ni guapo ni feo.

Al verlo avanzar, lo fotografié un instante, lo procesé en mi cerebro y lo identifiqué: Era idéntico, abrumadoramente parecido, a una de esas representaciones setenteras de extraterrestres que pululan entre los documentos ‘frikis’ del fenómeno OVNI. Y no exagero. Esta vez, no.

Justo cuando me preparaba a vivir una experiencia paranormal, vi que saludó sin palabras a Esmeralda, nuestra secretaria (una brillante fotógrafa). Entonces deseché aquella idea absurda. También la otra más realista: no se trataba de un loco que se había colado en la empresa. ¿Lo conocían? ¿Era yo la única alucinada? Sí, como siempre.

Avanzó despacio, etéreo, sobrenatural por las desordenadas mesas de los redactores hasta que entró sin llamar al despacho del director. Suficiente para deducir que era un amigo suyo.

Y así regresó muchos días. Silencioso, siempre descalzo, equilibrado y con alguna sonrisa nunca exagerada. No miraba a casi nadie y nunca le oí hablar. Alguna vez, mientras me afanaba en escribir correctamente sobre absurdeces, se me erizó la piel al sentir que me miraba y comprobarlo después.

No tuve más remedio que preguntar. No soy cotilla, pero la curiosidad me ha matado más veces que vidas tengo.

Pude saber por los demás que este hombre al que no le hacía falta un nombre para identificarse, había sido hacía años un ejecutivo adinerado, encumbrado en la élite de las empresas que abandonó su vida para volver al origen. Vivía sin nada, casi sin nada, en una casa minúscula sin luz eléctrica. Sobrevivía en aquel pueblo malagueño de lo que la tierra y la naturaleza le daban. Además, decía estar en paz. Algunos aventuraban sobre el motivo del cambio radical y hablaban de una experiencia traumática… De un delito que le obligó a abandonar todo… Pero la mayoría afirmaba que vivió una epifanía… Yo aposté por otra con mi típico carácter cáustico: “Sencillamente es un snob”.

Y pasaron muchos días. Tantos como veces el hombre sin nombre paseó por la oficina como el fantasma del castillo al que los dueños están acostumbrados. Hasta 365 exactamente.

Cuando mi marcha fue anunciada oficialmente en aquel experimento de revista sobre Ecología, al día siguiente mi compañera me señaló con media sonrisa al teclado del ordenador. Allí encontré colocada entre las teclas una pequeñísima nota escrita en un papelito mal cortado, y por supuesto reciclado, que decía con una letra temblorosa que me pareció de un niño: “Esto no será lo mismo sin tu luz”.

Nunca volví a verlo.

Hoy me acordé de él porque volví a gritar una de mis frases más repetidas últimamente: “¡¡¡¡¡¡Me voy a ir a criar lechugas frente al mar y no voy a volver!!!!!!”.

Cuando pronuncio la dichosa frase, el hombre sin nombre me viene a la cabeza. Entonces me doy cuenta de que en el fondo lo admiraba… Los locos siempre nos reconocemos.

L´amour

L'amour... pas pour moi.
Je préfère les temps en temps,
Je préfère le goût du vent,
Ou le goût étrange et doux de la peu de mes amants,
Mais l'amour... pa vraiment.