lunes, 16 de julio de 2007

La lista de espera del SAS y la pérdida de la fe

Un largo pasillo de hospital siempre conduce a la desesperación. La desesperación de quienes esperan el veredicto de alquien a quien no le importas. Escena: Todos los pacientes (qué calificativo más bien elegido) se agolpan desordenadamente en sillas plástico que lloran su suciedad con la cita (aún en papel) bien cogida en la mano y puntuales para no ser amonestados por un licenciado en Medicina que, por cierto, siempre llega tarde.

Pasan los minutos, incluso las horas. La dictadura de la Seguridad Social es así. Ves pasear a los médicos con sus batas blancas mal planchadas de aquí para allá mientras el vulgo, al que perteneces, se pregunta: ¿Si están, por qué no pasan consulta? La respuesta está en
los titulares de un manoseado periódico gratuito que lee una de las ‘ilustradas’ pacientes. “Los médicos hacen huelga porque se niegan a trabajar por las tardes”. “Cuánta desigualdad”, pienso mientras recuerdo mi jornada del día anterior y el jornal que no me premite pagar mi minioperación en una consulta privada.

Los minutos pasan. El niño llora. El hipyy se desespera y comienza a dar vueltas por el ensanche del pasillo con miles de pendientes colgando de los lugares más insospechados que, de seguro, le causaron algún problema de piel absurdo. Un fontanero llega con sus herramientas para arreglar un aseo anunciado con un papel manuscrito que identifica el lugar: ‘Vertedero’. La megafonía pronuncia los nombres de todos menos de los que esperamos. Una señora con peluca comienza a preguntar nerviosa a qué hora tiene todo el mundo la cita... La paciencia se agota... Pasa una hora. Pasan dos...

Y llega una monja. Una nota de color, precedida de un hábito en blanco y negro, que aunque no debiera en nuestra sociedad, llama la atención. Se sienta a mi espalda. Tiene un gran lunar negro en la cara que, seguro, le preocupa. El mío, declarado
epitelioma basocelular a extirpar de inmediato, está en un pecho.

La perplejidad llega cuando suena su teléfono móvil. Esa absurda manía de colocar como sonidos de llamada algo que nos dice algo invade la estancia. En mitad de un silencio depresivo, suena 'Loosing my Religion’', de Rem. Podría ser del hippy, de la mamá del niño que llora, de la joven adolescente acompañada de su papá... ¡Pero es de la monja! ¿Ella está perdiendo su religión? ¿Por qué tiene una monja esa melodía en el móvil? ¿El hábito va de broma?


S
orpendente y gratificante para una mañana llena de mediocridad. ¡Brillante! La monja mira el móvil a través de sus gafas antidiluvianas, deja sonar la música con una sonrisa mientras la tararea meneando su cabecita y contesta... “Este mundo se está volviendo loco”, pienso. Quiero preguntarle por qué tiene esa melodía en el teléfono. Por supuesto, no lo hago.

Luego suena mi nombre destrozado en la estridente voz de una enfermera estresada. Después de la consulta, salgo y sigue la monja en su asiento. Ella está perdiendo su religión, pienso. Yo perdí mi paciencia después de hablar con el médico. Antes de mi extirpación parasarán, como mínimo, siete meses. Las listas de espera en la sanidad pública son así, por mucho que digan los titulares de los periódicos serios, donde se puede leer que se reducen a un mes y medio de media. Es la mentira de las estadísticas. La realidad es otra.

Quizá para entonces sea demasiado tarde. Quizá no. Nadie lo sabe. Ni yo. Ni el médico siquiera, que es peor. Pediré un préstamo a alguien (nunca a un banco) para 'minioperarme' en una clínica privada.

En cierto modo, pienso mientras agoto el largo pasillo de hospital, yo también estoy perdiendo mi religión.

8 comentarios:

Antonio dijo...

El frigorífico se rompió justo un par de días despues que sus dueños (padre y madre por orden cronológico) planearan su cese de contrato delante suya en la cocina. Demasiados años.

El frigorífico se rompió y lejos de fastidiarme por la perspectiva de estar una semana sin nada frio que corriese por la garganta, ahora que tenemos estos agradables sudores (el sudor me recuerda mejores momentos), pensé en mi teoría del animismo, apunté un palote mas a la lista de verificaciones empíricas y solté la maleta del trabajo que me acompaña de 9 a 2.

Al final, todo está conectado. Profetas, dioses, llantos y palabras. La monja, seguramente perderá su fe en su iglesia y nuestro sistema, y seguirá bajo un hábito por la pereza que da el cambio.

Pero aún no está todo perdido. Solo hay que sentir el aire galopando por los pulmones y abrir los ojos a la luz que se derrama por los edificios para entender que, alrededor nuestra, hasta donde alcanzan nuestros dedos estirados, aun hay sitio para el misticismo.

Rocío Mendoza dijo...

No pierdas nunca la luz en tu mirada, hermano. Gracias por guiarme en los 'caminos insondables de la red'. Tq

Anónimo dijo...

Creo que lo único bueno de ese tedioso día fue el momentazo con la monja. Bueno, y el desayuno del antes y el del después del médico, porque al menos nos dio la posibilidad de reirnos un poco. Espero q no nos perdamos de vista. bsos

Angel Acebes dijo...

Este espacio ha sido patrocinado por Sanitas. El seguro médico privado para los que pierden la fe en el sistema público. La gente de centro os damos a todos la bienvenida.

Anónimo dijo...

En el SAS no hay término medio, el otro día fui para hacerme una ecografía del tercer trimestre de gestación, y me llamaron 15 minutos antes de mi hora, sin mirarme y señalando a la camilla, dijo "ahí", me tumbé, en 30 segundos y sin ningún comentario, ya había hecho la eco, a toda prisa la enfermera me limpió la barriga y me entregó la cartilla y una foto borrosa en blanco y negro de lo que se supone que es un feto, desde la puerta pregunté a la doctora, pero... ¿está bien? -sí, ¿con el tamaño correcto? -si, más o menos, bueno adiós, miré el reloj había salido incluso antes de la hora de la cita. Mientras hablaba por teléfono para contar esta historia, ya salía la siguiente embarazada. Yo también me gastaré los euros en una clínica privada para que me hagan la eco... Y la doctora que gaste su tiempo en algún amigo o familiar que seguro que se lo merece más que un simple desconocido.

Rocío Mendoza dijo...

Luego dicen que es mentira... Cuando una publica que ha salido un niño sin brazos después de ochocientas ecografías en la seguridad social intentan hacerte ver que es posible, casi normal, y que el sistema sanitario andaluz funciona muy bien... Verdades como la tuya son las que se merecen páginas de periódicos y no las estadísticas que publicamos para lavarle la cara a Chaves y sus consejeras.
El próximo post, Julia. Prometido

Aldo dijo...

La diferencia entre el servicio de seguridad social de tu ciudad y el de méxico??? ninguna mas que las 7 horas de distancia...Aquí es igual, tenemos el IMSS y el ISSSTE, para trabajadores y trabajadores del estado...no hay a cual irle de ineficientes que son...la verdad que es triste ver cómo da la impresión de que los médicos olvidan su juramento de Hipócrates en una institución pública...y ni hablar de las enfermeras y personal administrativo que se convierten en una especie de verdugos lejos de brindar un servicio...nice to see you...or read you...je je...

Rocío Mendoza dijo...

Nice to read you Aldo... Espero verte más por aquí.