viernes, 20 de julio de 2007

El periodismo de sucesos y la compasión


En un día vacío (uno más), una llamada al móvil me hizo dejar el manjar sobre la mesa para salir a la calle precipitadamente con un objetivo: conocer todos los detalles, con la mayor precisión posible, de una tragedia más. Se trataba de la caída de un niño pequeño, demasiado pequeño, desde una ventana de un patio del Generalife, situada a nada menos que diez metros de altura. La voz sin matices que me anunció el hecho, y que me pidió información sobre él, no añadió más datos.

Con mi luto habitual en la vestimenta, e intentando disimularlo en el semblante, cogí el armamento (un boli y una libreta que procuro no usar) para dirigirme a la fuente directa: los padres del niño. La Policía me había contado algo, pero no lo suficiente. Nadie me aclaraba cómo había sido posible tal accidente, cómo había sucedido. Archivé en primer plano de la memoria uno de los pocos datos que manejaba: “Está muy grave”. Y me dirigí directamente al hospital. Eso debe hacer el periodista: ir a la fuente más directa para que la veracidad de la información sea óptima.

Eso hacen, o al menos lo procuran, los periodistas en las áreas sobre las que escriben. Pero: ¿Cómo se enfrenta una persona –con lo que esa palabra significa- a asaltar una familia en pleno dolor para pedirle “datos”? A eso nos enfrentamos los periodistas de sucesos. Yo, al principio, no lo pensaba. Era una autómata lega en la materia que sólo pensaba en escribir una página correcta para mantener mi contrato. Ahora, tras casi ocho años enfrentándome al dolor ajeno, me afecta. Descubrí que algo se rompió por dentro el día que, en un asesinato demasiado humano, tuve que colocarme las gafas de sol para que mis compañeros no me viesen llorar ante la escena. ¿Soy mala periodista por ello?

Con estas reflexiones llegué al hospital. Eso sí, antes de entrar, tuve que marear mi neurona con mi droga personal. La tomé, en un lugar alejado de la puerta del hospital, y luego me dispuse a cruzar el semáforo que conduce a ese taller de seres humanos. El triste pi pi pi pi pi pi que acompaña los pasos del muñequito que se pone en verde me trajo a un primer plano la escena de un niño de cuatro años envuelto en cables atado a una máquina que repite su letanía (pi pi pi pi), en una sala repleta de muerte. Y seguí adelante.

Tras varias gestiones inútiles, opté por esperar a que los padres llegaran a la puerta de la sala donde estaba el pequeño. Llegaron. Esa madre, con su ojera derecha inyectada en sangre que delataba el ‘shock’ sufrido, con sus manos inquietas aguantando los juguetes de su niño, moviéndose sobre sus pies por el nerviosismo. Ese padre, esperando en la puerta para que le dejaran entrar a verlo, presente pero ausente. Ese hermano pequeño sin expresión en el rostro con sus pequeños ojos abiertos de par en par… ¡¿Qué hace un periodista en este maldito momento?!

La madre accedió con media sonrisa a hablar con la intrusa (o sea, yo). Desplegó su simpatía para darme la única noticia que yo quería dar ese día: “el niño se recupera favorablemente, no tiene nada vital afectado”. Entonces, supe que tenía algo más que la información que buscaba. Si un niño muere en ese accidente, mi noticia, por desgracia, adquiere más relevancia. Sin embargo, di gracias porque el golpe no lo matase.

Un cura que me dio la primera comunión, y que muchos años después me suspendió por “rebelde” la asignatura de ‘Religión’ en el Instituto, siempre decía: “Compadecer no significa sentir lástima del dolor ajeno. Es sentirlo como tuyo para padecerlo con el prójimo. Eso debemos hacer para ayudar”. Y en esa lucha estoy… Dejar de compadecer para no herirme y sobre todo para no dejar de llevar la contraria al cura.

Abandoné el hospital denominado ‘Traumatología’ (¡Cuántos traumas no habrán logrado esos médicos reparar nunca!) debatiéndome, como siempre, entre dos extremos. El médico, el científico, dijo que los niños tienen los huesos en formación (casi cartílagos) y por ello amortiguan mejor los golpes. Su madre habló del milagro y de un ángel de la guarda que esperó desde el suelo su caída para hacérsela menos dura. En esta ocasión, y aun arriesgándome a dejar en mal lugar a mi agnosticismo, me quedé con el ángel.

Cuando llegué a la redacción, en mi rostro sólo había señas de un enfado que, como siempre, sólo oculta mi maldita compasión. Al final, con tanta escena sobrecogedora olvidé obtener ‘un dato’. Alguien, como casi siempre, me recordó el fallo... ‘El dato’ lo obtuve, sí. Soy una profesional. Para ofrecer una crónica completa, como casi nunca.


Pero logré algo más. Esta vez pude escribir con la alegría del que no puede evitar compadecerse.

P.D.: Estas bambalinas son las que nadie (o casi) conoce cuando Mendoza cubre un suceso. Y sí, el post es demasiado largo... Pero ya tengo las cajas del QuarkXPress para coartar mi verbo.

4 comentarios:

Isabel dijo...

A menudo me he preguntado como podría soportar una niñita tan sensible como tú, las noticias que casi a diario tienes que escribir, y por lo que veo la niñita sigue ahí, pero ha aprendido a sobreponerse. En esta sociedad, en la que cada uno vela por sus propios intereses, la compasión por el sufrimiento ajeno, no parece que tenga cabida en nuestra vida diaria, como mucho pensaríamos en la mala suerte de esta familia y rezaríamos para que no nos pasase a nosotros.

Anónimo dijo...

Me encanta tu blog!!!!!! Pues para tener la vista cansada tus cometarios y reflexiones son muy acertadas. Enhorabuena!!!!
Gema!
Te seguiré la pista, baby.

Luis dijo...

Eres sensible y reconstruyes la vida, y la carrera del periodista creador, me quedo con ambas partes...Gracias...

betzabe luzardo dijo...

Hola: me sentí tan identificada con esto que acabo de leer. Mira: http://historiasdekaminos.blogspot.com/2010/02/oficios.html