domingo, 29 de julio de 2007

Máster del universo, universo enredado

La aventura comenzó como todas: con mucho ímpetu y más incertidumbre. Y acabó como todas: con más ganas de aventura.

Alguien que había descubierto el Messenger a los 30 años, y alucinaba cada vez que su hermanito pequeño aparecía en la pantalla de un portátil antidiluviano en forma de conversación (¡¡¡y con foto!!!) en una ventanita espontánea, tenía que hacer algo con su analfabetismo tecnológico.

La investigación personal funcionó, algo, durante un tiempo. Pero había que descubrir más y darle visos de seriedad. Resultado: “Voy a hacer un máster de Periodismo y Comunicación Digital”. Sé algo de periodismo, pero no sabía nada del mundo digital. Sí, ese que dicen por ahí que es el futuro. Lo sea o no, reciclarse o morir. Al final, caí en el IUP allá por octubre de 2006.

Ahora Google ya no está solo en mi lista de buscadores útiles, el señor html ha dejado de ser un perfecto desconocido, gestionar los contenidos de una web no me suena a física cuántica, la sindicación y los podcast me dan los buenos días, grabar, montar un vídeo y colgarlo en un portal dejó de ser el misterio de la cripta y ya no veo la vida en tecnicolor: la percibo en multimedia.

Esto es mucho resumir nueve meses. Nueve meses de a reto por semana. Nueve meses de “no, esta noche no salgo de tapitas que tengo máster”; de “venga J. (es el jefe) acelera que tengo una reunión en el chat virtual a las diez y media”; de “¡mierda! Otra vez se ha ido la conexión ADSL”; de “no puedo más”; de “no llego a la fecha para entregar la tarea”, de “¿mi cuenta tag qué?"; de “¡Uff! Son las cuatro de la mañana, pero el html o yo”; de “hoy no tengo ganas de trabajar… ¿te puedo distraer un poquito?”; de “el ordenador ha muerto, voy a por otro ahora mismo”; de “este módulo de marketing no se termina nunca….”; de “¡joder! Otra vez me he quedado dormida y no llego al juicio”… Y muchas más.

Del trabajo en grupo (mitad americanos, mitad españoles) salió nuestra web de viajes. Atuaire se llamaba. Esta es la última edición (no se pierdan la prosa del limeño Ráez) que hicimos. La verdad, no sé qué será de ella. ¿Se perderá en el ciberespacio?

Mis amigos, compañeros de trabajo, amores, familia y demás seres humanos que me importan se saben mejor el orden de los módulos teóricos y los objetivos de cada tarea que tuve que hacer que yo. No voy a dar las gracias por aguantarme aquí, que suena cursi. Pero vaya mi homenaje más sentido a vuestra paciencia.

Hace escasas horas que eché el último resto. Algo que ha ocupado tantas horas de mi reciente vida no podía quedarse fuera de este espacio.

Ya se terminó, sí. Me llegará un título, me cambió mi forma de comunicarme, de crear, de ver muchas cosas y hasta me cambiará la forma de trabajar. Pero, por encima de todas ellas, me quedo con la más importante: me reencontré con la pasión por el camino.

viernes, 27 de julio de 2007

Homenaje a las raíces semánticas

Hacía una pechá de caló. De la silla a la piltra, de la piltra al sofá. Tenía una enritación encima de no te veas. Yo quería callejear pero ná. Así que estaba alinquidoi de que alguien me llamara pa darnos un garbeo. Mientras esperaba, me preparé un plato de chícharos, que la bartola no para de crecer. Y nadie me llamaba. Tol mundo está de un siesomanío últimamente…

Así que me dio la avenate y, a to meté, me duché, me puse el coco y me fui a la calle. Antes, tuve que aplastar una volantona que me encontré en el pasillo. Le dije: ¡Jopo curiana! Pero no me hizo caso, así que… ¡Zas! Pisotón.

Salí a la calle y me encontré con los típicos chusmones de mi barrio. Qué pesaos son. Uno, que estaba to engorilao, me quería meté la bacalá… Que dame de esto, que si venga paya… Pero yo pasé tres kilos y me fui pa otro lao. Me dije: “La noche está perita, así que me voy a pillar una pea sea como sea”.

Me fui al garito de siempre, donde mis junteras suelen estar calimocho va calimocho viene… Cuando llegué, el sitio estaba petao. Hasta que los encontré. “¡Muerde! Si es la Mendoza…”, dijo uno de los gilaos que siempre andan por allí con tono espaventao.

Y allí pasamos un ratillo encondi. En el bar ese siempre hay de todo tipo de peña: guiris, merdellones y merdellonas, niños que parecen que están de piarda, tarajanos, pilinguis, gente con jallares, gente tiesa… Olía a zorruno, parecía que se había roto una madrivieja o algo así… pero yo lo pasé perita y me marqué tres rumbas. Al final, el ampamplao del camarero, que tiene una maquinilla del año de la pera, se equivocó con la dolorosa. “¡Vieo! Tas pasao tres pueblos no? Me vas a dejar sin perraje esta noche!”, me quejé.

Cuando ya me iba, se me acercó un suavón. ¡Qué jartura por dios! Al principio me dio canguelillo, pero al final lo miré y pa quitármelo de encima le dije to borde: “Anda, anda, súbete la portañica que estás haciendo el ridículo!

Llegué a mi casa guarnía. Pero se me pasó la enritación.

P.D.: ¿Han entendido algo los que no son malagueños?

jueves, 26 de julio de 2007

ADN y la exageración

ADN.es ya nació. Ya se encargó Varela de anunciarlo en su blog. Me gusta. Por su apuesta visual y porque fomenta la participación. Eso sí: tanto usuario activo, tanto te escuchamos, te tenemos en cuenta, ponemos fotito para comentar, comentarios con categoría de 'casititular', etc. da un poco impresión de blog.

Juan Varela, el director, lo anunció como un diario de noticias pensado y creado sólo para el medio digital. Vamos, que no tiene hermano en papel. No deberían haberlo llamado ADN entonces. ¿No? Se cansó de decir que no iba a ser la versión online del periódico gratuito ADN. Y no creo que lo sea... pero para mí eso es un pero. Y otro: El slogan: "Le presentamos la información como nadie lo había hecho antes". Ya sé que el autobombo va de eso... pero tampoco hay que exagerar.

¿Qué opinan?

La terapia del libro parlante

Mi hermana, la de las meninges rotas, me enseñó a hacer una cosa cuando éramos niñas. Una de muchas.

Cuando algo ronda por dentro, da vueltas, se va, vuelve, marea, gira y gira en espiral para no dejarte concentrar la atención en una sola cosa y no sabes qué es... existe una terapia eficaz. Absurda, como casi todas las terapias, pero eficaz.

Ella lo llamaba algo así como... "A ver qué me dice el libro". Cogía uno, quizá el último que leía, apretaba las pastas del volumen cerrado con sus manos, cerraba los ojos y lo abría por una página al azar. Ponía el dedo a ciegas sobre un párrafo y lo luego leía... Muchas veces nos reímos de lo absurdo del resultado. Pero a veces, este singular oráculo, sorprende.

Hace algún tiempo que no lo hacía. Algo sin identificar rondaba por ahí. Y probé para recordar.

El libro me dijo:

"Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumergidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: "Sí, justo. Ése es mi corazón".

La terapia funciona. ¿Por qué? Porque te quedas pensando en ese párrafo interesante que encontraste, analizas la idea, le das tres vueltas, le sacas miles de interpretaciones y así te olvidas de aquello que te rondaba.

P.D.: Está en una novela de Murakami. Una delicia.

miércoles, 25 de julio de 2007

Yo me lo creí

El actor Ulrich Müher ha muerto.

Para qué nos vamos a engañar. Antes de la película 'La vida de los otros' ni lo conocía. Pero después de verlo interpretar el papel de agente de la Stasi alemana, entregado a espiar a una pareja de artistas, lo guardo en la neurona como uno de los mejores actores que he podido disfrutar en el cine.

Es difícil hablar con el rostro. Müher, parco en palabras, decía en cada fotograma con sus ojos todo lo que el sistema no le dejaba expresar. Su papel estaba interpretado de tal forma, que me costaba creer que no hubiese sido un agente arrepentido de la Stasi alguna vez. Ahora, leo en El País la explicación a mi inquietud. El hombre, no el actor, vivió una situación similar a la contada en la conmovedora y épica película. Su primera mujer (tuvo tres antes de morir) colaboraba en secreto para el servicio espía alemán.

Lo recuerdo, en la película, defenestrado de las altas instancias del Gobierno, abriendo sobres (correspondencia 'privada') con vapor en una habitación tan gris como pequeña, castigado por su gesto justo. Luego, años más tarde, tirando de un carrito de correos, pobre pero satisfecho de su hazaña personal.

La historia venía a ponernos delante de las narices un mensaje: la bondad humana aún existe. Y solo los valientes hacen su elección por ella. Por mucho que les cueste perder posición porque ganan en espíritu. Yo me lo creí. Müher me convenció.

P.D.: Para quienes no entiendan del todo esta 'entrada' del blog... Por favor, vean la película.

La Policía y la globalización

La Policía llamó a la puerta de mi vecino hace unas semanas. Coincidió que salía en ese momento cuando vi a la pareja de uniformados pidiéndole que le abriese la puerta. No me pude esperar a cotillear, por educación, y abandoné el portal de casa en dirección al periódico preguntándome inevitablemente qué habría pasado. Afortunadamente, sólo tuve que esperar a la noche para enterarme. Coincidimos subiendo la impertinente cuesta que lleva a mi casa. Y me contó esta historia que, una vez más, me tocó la furia.

Los agentes no iban a detener a mi vecino, sólo iban a interrogarlo. Y no por un delito. No hace mucho, conoció a una chica durante un curso que su ''empresa'' (es fiscal en realidad) le envió a hacer a Argentina. Sintonizaron, me dijo él. Y siguieron en contacto cuando regresó a España. Internet pone al alcance de cualquiera la fórmula para comunicarse con la otra parte del mundo sin demasiado engorro. Así que siguieron teniéndose en cuenta y hablaron durante interminables horas y compartieron alegrías y se contaron las penas… Hasta que, me contaba con un tono triste, decidió invitarla a conocer nuestra maravillosa ciudad en vacaciones. Un gesto de lo más sencillo y natural, digo yo…

La chica no pertenece a una clase social muy alta, pero tampoco es una indigente. Y a pesar de ello, para visitar nuestro espléndido y hospitalario país, tuvo que realizar innumerables tareas para que le concedieran un visado como turista. Declarar su patrimonio y tener cerrado el billete de vuelta, entre otras cosas. La mayoría de los inmigrantes ilegales que viven en España entraron por el aeropuerto de Barajas, aunque nosotros sólo nos fijemos en los que llegan en patera.

¿Cuál es el problema entonces?, pregunté yo confusa… Vi engorro en la situación pero no entendía la presencia policial. La cuestión: entre los trámites de su visado tuvo que incluir, para garantizar la concesión, una carta firmada ante notario de la persona que la invitaba. La tuvo y, a la semana, llegó la Policía para comprobar que la carta no fuese un fraude. Existe un gran número de personas que utilizan estas cartas de invitación para engañar al estado e introducir a falsos turistas en el país. Y el Gobierno ha decidido recientemente investigar a fondo a cada persona que firme una carta de esas para conocer ‘la verdad’.

Le preguntaron sobre muchas cuestiones… pero yo sólo me quedé con dos rondándome el corazón.

Una: Le miraron la casa para ver si tenía sitio donde alojar a su amiga. Su casa solo tiene una habitación. Es muy pequeña. Por lo tanto, punto negativo en el cuestionario. Absurdo, pero punto en contra.

Dos: Le preguntaron qué tipo de vínculo le unía a esa persona para meterla en su casa. Casi no lo pudo explicar con palabras. No era un familiar, no era su esposa, no eran compañeros de trabajo, sólo eran conocidos, amigos… En definitiva, no pudo acreditar (eso quería la Policía) qué tipo de relación le unía a esa persona… Segundo punto negativo en su lista de desaciertos.

La contestación a su interrogatorio le llegó a la semana. El visado se denegó por “sospechas fundadas de fraude”.

Conclusión: La globalización es una mentira cruel. Las fronteras se cierran cada vez más en este nuestro mundo mediocre, limitado y egoísta que no sabe mirar más allá de sus narices.

Conclusión II: La Policía no la tiene todas consigo y este país caza moscas a cañonazos. Que se ahorren los trámites. Ayer me encontré con mi vecino y su amiga argentina. No pudieron “acreditar” su relación (ni falta que les hace) ni explicarle en qué lugar de la casa iba a alojarse (como si quiere dormir en la bañera, no te digo). Pero encontraron un truco. (Este último me lo guardo).

Y no hubo fraude.

Llegué a casa pensando, como casi siempre, que aquello tenía un reportaje. Al día siguiente, vi en otro diario que un compañero se adelantó y ya alababa en un inflado reportaje la maravillosa iniciativa policial para combatir el fraude.

lunes, 23 de julio de 2007

-Are you english? -No, I'm a fucking spanish, imbécil

La noche era de luna preñada. Pero tampoco era necesario protegerse de la luz. A pesar tal evidencia, él estaba allí con su gorra de yanqui bien calada. Miraba despistado a la carta, casi con desprecio. Inútil para elegir algo que no fuese una hamburguesa, le dijo algo a un camarero tan atento que le salía joroba. Y llegó el plato deseado mientras yo, a una distancia prudencial, había devorado innumerables lonchas de jamón serrano.

Era una de las especialidades de la casa. El camarero, que me consta no se caracteriza por su amabilidad, le sonrió complaciente mostrándole el manjar. Era una forma de preparar el calamar. El camarero siguió con sus tareas restaurante adentro. Mientras el yanqui, nervioso, miraba el plato con cara de asco. Volvió a llamar al acicalado joven, que regresó solícito. Entonces, el americano desplegó su ininteligible verbo (inglés con gachas en la boca, o sea, yanqui) ante la expresión de interrogación del servicial. Se marchó y regresó con su jefe.

Tras varios intentos de aplicar el idioma universal (el indio), se aclararon. El americano solitario descargó todo el desprecio, enfado y prepotencia que nunca debe tener un turista hacia la gente del país que visita, por muy llena de billetes que tenga la cartera. Su enfado se correspondía con un supuesto error: había pedido “fish” y no “sea-food”. “And this is not fish, it’s sea-food”, repetía a gritos.

Pescado, en inglés, es una palabra que por poco que se hable este idioma, se entiende… Pero el manejo del camarero no dio para matices. De nuevo encorvados, jefe y camarero se llevaron el “sea-food” para traerle algo de pescado, de seguro, menos sabroso.

Mientras se me atragantaba la loncha de jamón, me preguntaba: “Si el camarero está obligado a distinguir matices en el idioma, si la diferencia entre “fish” y “sea-food” es fácil con conocer un poco el inglés… ¿Por qué demonios no se mira un diccionario rápido el yanqui y hace un esfuerzo por comunicarse en el país que visita? Además… La carta es visual, cada plato viene acompañado de una foto para sólo tener que señalar con el dedo… ¿Lo hace por fastidiar? ¿Para demostrar quien manda?”

Cuando el americano logró su objetivo (un cambio que, de seguro, le saldría gratis), miró alrededor mientras murmuraba… “Fucking spanish...”, o lo que es lo mismo… “Jodidos españoles...”. En un instante se topó con mi mirada, por no llamarla lanzallamas. Mi aspecto engaña. Ojos claros, pecas hasta agotar y pelo más rojo que el fuego le llevaron a error. Se había percatado de mi curiosidad por su ‘gran problema’ con el camarero… Y buscó un momento de complicidad para preguntarme con una sonrisa que no tuvo con quien le servía: “Are you english?”, me dijo. Respuesta: “No, I’m a fucking spanish, imbécil”.

P.D.: Vale que vivimos del turismo en gran medida, pero la educación de los visitantes debería estar acreditado en el mismo pasaporte. Tenemos dignidad. Digo yo…

domingo, 22 de julio de 2007

Los jueces y la 'surrealidad'

Hay algo que me ha dejado los adentros inquietos con esto de la portada de la revista satírica El Jueves, que fue ‘secuestrada’ esta semana por atentar contra el honor de la Familia Real española con la caricatura de la portada. Media España ya ha opinado sobre si la media era procedente o no (no se secuestra una publicación desde 1977 en España), si atenta contra la libertad de expresión, sobre la grosería de la ilustración, de si es que la Corona es intocable o no…

El caso es que a mí lo me inquieta no es el dibujito. La verdad. Ver una caricatura del principito tirándose a su mujer, alias ‘La Leti’, no me rompe ningún cimiento moral. (¿Los de sangre azul cómo se reproducen entonces?) Tampoco el chiste escrito, en el que el Príncipe dice que si Zapatero le da 2.500 euros por dejar preñada a la periodista convertida a alteza será lo más parecido a trabajar que ha hecho en su vida. Aquí sobran los comentarios.


Me alucinaron otras circunstancias de la resolución judicial. A saber:

1.-La revista se pone a la venta los miércoles. La orden de ‘secuestro’ que ordenaba su retirada de todos los puntos de venta fue emitida en un auto judicial el viernes. ¿Resultado? Ya se habían agotado los ejemplares en media España. ¿Estaba de descanso el juez o le dieron las dos de la tarde (fin de jornada) cuando tenía que resolver, no lo tenía claro y lo dejó para el día siguiente? Luego dicen que la Justicia en España ha mejorado mucho su histórica lentitud. Ya.

2.- En el sesudo auto, engalanado con la verborrea ininteligible que suele acompañar a las resoluciones judiciales, ordenaba la incautación de los moldes de la publicación. ¿Moldes? ¿En qué siglo vive el juez? Ya no existen moldes, todo está digitalizado. Como decía el dibujante en una entrevista con El Mundo: “Como no me corten la mano…” Ya puestos, podría haber ordenado encadenar la linotipia. Esto solo me reafirma en una de las conclusiones obtenidas tras muchos años haciendo periodismo de tribunales: “Algunos jueces viven en una realidad paralela, aplican leyes sobre circunstancias que jamás habrá visto en directo o conocido en sus carnes”. Eso sí, hay excepciones y muchas, afortunadamente. Pero el famosillo juez Del Olmo ha hecho flaco favor a sus colegas de carrera.

3.- La figura judicial del ‘secuestro’ de una publicación es antigua. La mayoría de estas retiradas masivas de publicaciones que supuestamente atentaban contra el honor o la integridad moral de algún personaje (siempre público, por supuesto) estaban relacionadas con Franco. Sí, aquel dictador español con voz de pito. Entonces, la retirada de los quioscos de la publicación podía tener alguna utilidad. Pero hoy… ¿El juez Del Olmo no sabe qué es Internet? ¿La red es para él eso que se ponen las señoras en la cabeza para que no se les estropee el peinado cuando se van a dormir? Una vez ‘secuestrada’ la publicación (me imagino preguntando a la policía quiosco por quiosco…) la portada de El Jueves fue la imagen más vista en internet de ese día. Hasta la página web de la publicación se saturó de tanta visita. La reprodujeron los dos periódicos nacionales en sus ediciones online (El País y El Mundo), sin contar con los telediarios de medio mundo. ¿Qué demuestra esto una vez más? Que la libertad de expresión y el control de contenidos no se ‘secuestra’ tan fácilmente. Y en la red, mucho menos.

4.- Cándido Conde Pumpido, el jefe de los fiscales de este nuestro país ha dicho: “La medida no perseguía que no se visualizara la portada”. Se supone que en respuesta a lo que medio país opina, esto es, que la medida judicial no ha hecho más que darle mayor difusión a la supuesta tropelía. Entonces, si un ‘secuestro’ no persigue eso… ¡¡¡¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?!!!!

5.- Conclusión: Si como dice Pumpido, de lo que se trataba era de aplicar la Ley, dejen de marear y apliquen de paso el sentido común. Si la portada atenta contra la legalidad establecida en este país, que le abran un procedimiento judicial a los directores de la publicación y los sancionen, si así lo manda el Derecho, como han hecho en otras tantas ocasiones con otras tantas publicaciones. Pero que dejen de incautarse de moldes, por favor, que no es serio. Es como empeñarse hoy día en cazar con lanza mamuts en vez de ir al mercado a comprar un filete. Un poquito de actualización en las altas esferas judiciales, por favor.


P.D.: Ya sé que no es un análisis serio y sesudo de la cuestión. Que lo merece, y mucho. Pero como este país es un puro cachondeo, yo me quedo con la risa.

viernes, 20 de julio de 2007

El periodismo de sucesos y la compasión


En un día vacío (uno más), una llamada al móvil me hizo dejar el manjar sobre la mesa para salir a la calle precipitadamente con un objetivo: conocer todos los detalles, con la mayor precisión posible, de una tragedia más. Se trataba de la caída de un niño pequeño, demasiado pequeño, desde una ventana de un patio del Generalife, situada a nada menos que diez metros de altura. La voz sin matices que me anunció el hecho, y que me pidió información sobre él, no añadió más datos.

Con mi luto habitual en la vestimenta, e intentando disimularlo en el semblante, cogí el armamento (un boli y una libreta que procuro no usar) para dirigirme a la fuente directa: los padres del niño. La Policía me había contado algo, pero no lo suficiente. Nadie me aclaraba cómo había sido posible tal accidente, cómo había sucedido. Archivé en primer plano de la memoria uno de los pocos datos que manejaba: “Está muy grave”. Y me dirigí directamente al hospital. Eso debe hacer el periodista: ir a la fuente más directa para que la veracidad de la información sea óptima.

Eso hacen, o al menos lo procuran, los periodistas en las áreas sobre las que escriben. Pero: ¿Cómo se enfrenta una persona –con lo que esa palabra significa- a asaltar una familia en pleno dolor para pedirle “datos”? A eso nos enfrentamos los periodistas de sucesos. Yo, al principio, no lo pensaba. Era una autómata lega en la materia que sólo pensaba en escribir una página correcta para mantener mi contrato. Ahora, tras casi ocho años enfrentándome al dolor ajeno, me afecta. Descubrí que algo se rompió por dentro el día que, en un asesinato demasiado humano, tuve que colocarme las gafas de sol para que mis compañeros no me viesen llorar ante la escena. ¿Soy mala periodista por ello?

Con estas reflexiones llegué al hospital. Eso sí, antes de entrar, tuve que marear mi neurona con mi droga personal. La tomé, en un lugar alejado de la puerta del hospital, y luego me dispuse a cruzar el semáforo que conduce a ese taller de seres humanos. El triste pi pi pi pi pi pi que acompaña los pasos del muñequito que se pone en verde me trajo a un primer plano la escena de un niño de cuatro años envuelto en cables atado a una máquina que repite su letanía (pi pi pi pi), en una sala repleta de muerte. Y seguí adelante.

Tras varias gestiones inútiles, opté por esperar a que los padres llegaran a la puerta de la sala donde estaba el pequeño. Llegaron. Esa madre, con su ojera derecha inyectada en sangre que delataba el ‘shock’ sufrido, con sus manos inquietas aguantando los juguetes de su niño, moviéndose sobre sus pies por el nerviosismo. Ese padre, esperando en la puerta para que le dejaran entrar a verlo, presente pero ausente. Ese hermano pequeño sin expresión en el rostro con sus pequeños ojos abiertos de par en par… ¡¿Qué hace un periodista en este maldito momento?!

La madre accedió con media sonrisa a hablar con la intrusa (o sea, yo). Desplegó su simpatía para darme la única noticia que yo quería dar ese día: “el niño se recupera favorablemente, no tiene nada vital afectado”. Entonces, supe que tenía algo más que la información que buscaba. Si un niño muere en ese accidente, mi noticia, por desgracia, adquiere más relevancia. Sin embargo, di gracias porque el golpe no lo matase.

Un cura que me dio la primera comunión, y que muchos años después me suspendió por “rebelde” la asignatura de ‘Religión’ en el Instituto, siempre decía: “Compadecer no significa sentir lástima del dolor ajeno. Es sentirlo como tuyo para padecerlo con el prójimo. Eso debemos hacer para ayudar”. Y en esa lucha estoy… Dejar de compadecer para no herirme y sobre todo para no dejar de llevar la contraria al cura.

Abandoné el hospital denominado ‘Traumatología’ (¡Cuántos traumas no habrán logrado esos médicos reparar nunca!) debatiéndome, como siempre, entre dos extremos. El médico, el científico, dijo que los niños tienen los huesos en formación (casi cartílagos) y por ello amortiguan mejor los golpes. Su madre habló del milagro y de un ángel de la guarda que esperó desde el suelo su caída para hacérsela menos dura. En esta ocasión, y aun arriesgándome a dejar en mal lugar a mi agnosticismo, me quedé con el ángel.

Cuando llegué a la redacción, en mi rostro sólo había señas de un enfado que, como siempre, sólo oculta mi maldita compasión. Al final, con tanta escena sobrecogedora olvidé obtener ‘un dato’. Alguien, como casi siempre, me recordó el fallo... ‘El dato’ lo obtuve, sí. Soy una profesional. Para ofrecer una crónica completa, como casi nunca.


Pero logré algo más. Esta vez pude escribir con la alegría del que no puede evitar compadecerse.

P.D.: Estas bambalinas son las que nadie (o casi) conoce cuando Mendoza cubre un suceso. Y sí, el post es demasiado largo... Pero ya tengo las cajas del QuarkXPress para coartar mi verbo.

miércoles, 18 de julio de 2007

Ejercicio visual-reflexivo

Alguien, que a fuerza de monosílabos terminó por hacerme desplegar todo el diccionario, me descubrió a Eric Drooker, ilustrador y autor de numerosas portadas de The New Yorker. La definición del talento se puede encontrar en algunas de sus ilustraciones, como la que aquí dejo.

Pasé un tiempo mirándola. Esa mujer que clama al cielo, que personifica la fuerza en las formas de su cuerpo, que grita su energía invocando a no se sabe qué dios, rodeada de personajes anónimos y grises entregados a pantallas de luz cetrina... Les invito a un ejercicio visual-reflexivo. ¿Qué les sugiere la imagen? Compartimos impresiones allá abajo…

lunes, 16 de julio de 2007

La lista de espera del SAS y la pérdida de la fe

Un largo pasillo de hospital siempre conduce a la desesperación. La desesperación de quienes esperan el veredicto de alquien a quien no le importas. Escena: Todos los pacientes (qué calificativo más bien elegido) se agolpan desordenadamente en sillas plástico que lloran su suciedad con la cita (aún en papel) bien cogida en la mano y puntuales para no ser amonestados por un licenciado en Medicina que, por cierto, siempre llega tarde.

Pasan los minutos, incluso las horas. La dictadura de la Seguridad Social es así. Ves pasear a los médicos con sus batas blancas mal planchadas de aquí para allá mientras el vulgo, al que perteneces, se pregunta: ¿Si están, por qué no pasan consulta? La respuesta está en
los titulares de un manoseado periódico gratuito que lee una de las ‘ilustradas’ pacientes. “Los médicos hacen huelga porque se niegan a trabajar por las tardes”. “Cuánta desigualdad”, pienso mientras recuerdo mi jornada del día anterior y el jornal que no me premite pagar mi minioperación en una consulta privada.

Los minutos pasan. El niño llora. El hipyy se desespera y comienza a dar vueltas por el ensanche del pasillo con miles de pendientes colgando de los lugares más insospechados que, de seguro, le causaron algún problema de piel absurdo. Un fontanero llega con sus herramientas para arreglar un aseo anunciado con un papel manuscrito que identifica el lugar: ‘Vertedero’. La megafonía pronuncia los nombres de todos menos de los que esperamos. Una señora con peluca comienza a preguntar nerviosa a qué hora tiene todo el mundo la cita... La paciencia se agota... Pasa una hora. Pasan dos...

Y llega una monja. Una nota de color, precedida de un hábito en blanco y negro, que aunque no debiera en nuestra sociedad, llama la atención. Se sienta a mi espalda. Tiene un gran lunar negro en la cara que, seguro, le preocupa. El mío, declarado
epitelioma basocelular a extirpar de inmediato, está en un pecho.

La perplejidad llega cuando suena su teléfono móvil. Esa absurda manía de colocar como sonidos de llamada algo que nos dice algo invade la estancia. En mitad de un silencio depresivo, suena 'Loosing my Religion’', de Rem. Podría ser del hippy, de la mamá del niño que llora, de la joven adolescente acompañada de su papá... ¡Pero es de la monja! ¿Ella está perdiendo su religión? ¿Por qué tiene una monja esa melodía en el móvil? ¿El hábito va de broma?


S
orpendente y gratificante para una mañana llena de mediocridad. ¡Brillante! La monja mira el móvil a través de sus gafas antidiluvianas, deja sonar la música con una sonrisa mientras la tararea meneando su cabecita y contesta... “Este mundo se está volviendo loco”, pienso. Quiero preguntarle por qué tiene esa melodía en el teléfono. Por supuesto, no lo hago.

Luego suena mi nombre destrozado en la estridente voz de una enfermera estresada. Después de la consulta, salgo y sigue la monja en su asiento. Ella está perdiendo su religión, pienso. Yo perdí mi paciencia después de hablar con el médico. Antes de mi extirpación parasarán, como mínimo, siete meses. Las listas de espera en la sanidad pública son así, por mucho que digan los titulares de los periódicos serios, donde se puede leer que se reducen a un mes y medio de media. Es la mentira de las estadísticas. La realidad es otra.

Quizá para entonces sea demasiado tarde. Quizá no. Nadie lo sabe. Ni yo. Ni el médico siquiera, que es peor. Pediré un préstamo a alguien (nunca a un banco) para 'minioperarme' en una clínica privada.

En cierto modo, pienso mientras agoto el largo pasillo de hospital, yo también estoy perdiendo mi religión.

El periodista español quiere ser funcionario



Para los precarios, para los que ya trabajan para la entidad sin plaza fija, para los risueños, para los escépticos, para los esperanzados, para los derrotistas y los que se comen el mundo, para las mamás y las futuras mamás, para los que aspiran y para los que sólo prueban, para periodistas, para los que sólo son aspirantes a serlo, para los guapos y los que intentaron parecerlo para la ocasión…

La escena que precedió a la prueba teórica realizada el pasado sábado 14 de julio en IFEMA con motivo de las
Oposiciones de RTVE parecía un anuncio de Coca Cola. Más de 8.000 licenciados en Periodismo, con sus 8.000 razones personales, acudieron a la cita con el test que cribaría lo mediocre de lo merecedor a pasar a la siguiente prueba práctica. Las plazas: unas 200.

Los prolegómenos bien pudieron ser la primera prueba. Los convocados tuvieron que esperar durante casi dos horas inútiles en un recinto envuelto por la ola de calor africano, a 40 grados a la sombra –que escaseaba- y a 4,35 euros un botellín de agua y un refresco. En la espera, intenté descifrar el sentido de convocar a las masas una hora y media antes de la señalada para el examen, si al final no hubo control de DNI en la entrada (lo hicieron ya sentados) y casi todos entramos en tropel.

La única conclusión que alcancé: “Esto es la primera prueba, sólo los más fuertes, los que no sucumben a la lipotimia fácilmente, son merecedores de informar para TVE”. Eso sí, antes de llegar a este punto, mi naturaleza sensible al calor me hizo delirar en otras dos ensoñaciones:


1.- “Si toda la gente que está aquí concentrada se desnudara al toque, Spencer Tunik tendría una bonita foto de las suyas, de esas en las que todos, bien colocaditos, muestran las vergüenzas sin vergüenza”.

2.- “¿Y si despliego mis dotes de líder, arengo a las masas y tomamos la sede de TVE por la fuerza? Gente no falta para un buen ejército… Casi sobran…”

...Y llegó el momento. La visión al entrar al pabellón número 9 fue impresionante. También deprimente, la verdad. Definitivamente, los periodistas aspiran a ser funcionarios en este país. Incontables filas de largas (y cutres) mesas con seis opositores por cada tanda, sentados con las piernas bien juntas, peinados y mirando al frente, obedientes y en silencio esperaban el pistoletazo de salida para contestar el test.

Para esto último hubo que atender antes las interminables instrucciones de una miembro del tribunal sobre las normas del examen. Parecíamos parvularios. “Ahora, escriban sus nombres y apellidos… Ahora, el DNI como se indica…” El caso es que no fue excesivo el celo puesto en que lo hiciéramos bien. De hecho, más de uno levantó la mano tímidamente para pedir otra hoja de examen porque se equivocó al poner su nombre. ¿?


Después llegaron las preguntas que yo me afané en contestar bien. Demasiados nombres (algunos de árabes, polacos y con trampa: ¡hay que tener mala leche!), fechas, absurdeces sobre TVE y muchas otras cuestiones de rabiosa actualidad. Tan rabiosa que me mordí la lengua para no soltar un taco en mitad del silencio por mi maldito despiste natural.

Y casi al final llegó una de esas escenas que me ‘cansan la vista’. Allá estaba yo mirando al techo pensando en qué año comenzó a emitir ‘Radio 5 Todo noticias’ cuando me percato de que una de las controladoras (de esas que te echan del examen como copies, hables con el compañero, enciendas el móvil, etc.) no se movía de los alrededores de mi sitio.

En un momento, puso su dedo (disimuladamente) sobre la hoja de examen del chico que estaba sentado frente a mí. Pensé: “Estará mirándole el DNI”. Luego intenté concentrarme en lo mío. Pero el brazo de la controladora no me dejaba: estaba hiperactivo. “¿Le está señalando las respuestas?”, pensé…

Pero no podía ser. Deseché la idea inmediatamente, apostando por mi fe ciega en el sistema, mientras echaba a suertes el cargo en el gobierno de cada uno de los hermanos gemelos polacos antes de marcar la casilla en la hoja de examen. Al final, solo vi que llegaron dos miembros de la organización para increpar algo (si hubiese tenido una grabadora…) a la tal controladora y que uno de ellos anotó con cara de consternación los datos del DNI del aspirante, que por cierto, no dijo ni pío.

No sé qué pasó. Ni pregunté. La verdad, me dio un ataque de hastío. Me pillaron en horas bajas y en una guerra que sí, ahora lo sé, me es ajena.

Ahora sí puedo decir que conozco la experiencia de presentarme a unas oposiciones. Y puedo decir con diplomacia y corrección: “¡¡¡Ha sido una experiencia única!!!”. Única porque no la repetiré.

P.D.: ¿Lo mejor de la convocatoria? Una jarra gigante de tinto de verano en la madrileña
plaza Santa Ana rodeada de buenos amigos de madrugada. Sólo ver la felicidad personificada en Amanda y ‘su’ Jose mereció la pena.

Mejor tuerta


Nunca tuve vocación de Ana Frank. Siempre preferí tener un interlocutor al que poder ver la expresión del rostro mientras mi incontinencia verbal hace de las suyas, a sincerarme con un diario mudo y discreto. De chica, durante años, mi sufrida hermana siempre fue la ‘afortunada’ a la que martilleaba las meninges con mis cuentos.

Hoy, las cosas han cambiado. Los interlocutores existen, pero la red me atrapó. Así que dejo aquí, en esto que los entendidos llaman bitácora, escenas reales, historias vividas que me conmovieron, sorprendieron, invitaron a la reflexión o, sencillamente, me deprimieron. Por eso guipo sólo con un ojo, para no cansar demasiado al otro de tanta realidad. Mirada muy de cerca, agota.

Esto no es un blog sobre periodismo, pero está hecho por una persona que es periodista. Ya escribo noticias todos los días en el diario en el que trabajo. Así que aquí dejaré mi otra forma de contar las cosas, donde las normas las pongo yo.

Definitivamente, tras años ejerciendo la resistencia activa, sucumbo a la blogosfera.